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La brecha tecnológica entre EE.UU. y Europa se agranda: Washington produce 59 modelos de IA "notables" frente a solo 2 de la UE

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La brecha que existe entre Estados Unidos y la Unión Europea en el desarrollo de la inteligencia artificial se encuentra en su punto más crítico de los últimos años. Si ya es abismal la diferencia entre el tamaño de las empresas de uno y otro continente, aún más enorme es la disparidad en materia de regulación, por la que ahora claman algunos gigantes estadounidenses y que en Europa es ya muy estricta. La velocidad de crucero que habían tomado las grandes tecnológicas estadounidenses durante los últimos años ha experimentado una aceleración exponencial desde la aparición y proliferación de los 'agentes' de inteligencia artificial, capaces de planificar y ejecutar acciones de forma completamente autónoma y sin necesidad de supervisión humana.

Durante los últimos meses se han sucedido las noticias sobre 'agentes' fuera de control, capaces incluso de coordinar entre ellos sus acciones, y de sistemas que han logrado salirse de los guardarraíles de seguridad definidos por las propias compañías. Esto ha motivado que algunos de los mayores responsables de esas empresas —como OpenAI o Anthropic— hayan hecho un llamamiento a 'frenar' algunos de esos desarrollos. Sin embargo, muchos expertos perciben en esos llamamientos solo campañas de publicidad —algunas de esas empresas están incluso preparando su salida a bolsa— y una intención de interferir en la regulación para que esta se ajuste a sus propios intereses económicos. Contrastan esas posturas con la crítica que los gigantes tecnológicos han hecho siempre a Europa por apostar por la 'hiperregulación'.


La UE ya tiene su marco regulatorio; EE.UU., no

De hecho, la UE cuenta ya con un reglamento de IA, el primer marco jurídico integral sobre esta tecnología que existe en el mundo y que en gran parte ya está en vigor. La norma clasifica los sistemas en cuatro niveles de riesgo —desde los absolutamente prohibidos, como los sistemas de puntuación social o de manipulación cognitiva, hasta los de riesgo 'mínimo’— y establece la obligada supervisión humana para cualquier sistema o modelo de inteligencia artificial, con un severo régimen de sanciones que puede alcanzar los 35 millones de euros para quienes utilicen sistemas con un riesgo 'inaceptable' y, por tanto, prohibidos.

Pero si la brecha en materia de regulación entre Estados Unidos y Europa es abismal, lo es aún mayor por el volumen de las empresas y del mercado. El pasado año, Estados Unidos produjo hasta 59 modelos de IA catalogados como 'notables', frente a los 35 de China o los 2 de Europa. Los datos del Banco Central Europeo revelan también esas diferencias: Estados Unidos concentra entre el 75 y el 80 por ciento de la capacidad de cómputo global de la IA, porcentaje que contrasta con el 5 por ciento de la UE; y el capital riesgo acumulado en Estados Unidos para empresas dedicadas a la IA ronda los 598.000 millones de dólares, en comparación con unos 72.000 millones en la UE.


Von der Leyen respalda ralentizar la IA de frontera y pide impulso masivo a la computación europea

Al debate se ha sumado este miércoles la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, quien ha respaldado ralentizar el desarrollo de los modelos de inteligencia artificial más avanzados —la llamada IA de frontera— por motivos de seguridad, y ha reclamado al mismo tiempo un impulso masivo a la capacidad de computación europea para no perder la carrera tecnológica global.

Esa asimetría tecnológica y las carencias en materia de soberanía digital quedan patentes en numerosos informes de la propia Comisión Europea, que cuantifican de forma contundente esa brecha: la UE invierte en IA apenas el 4 por ciento de lo que destina Estados Unidos, y el presupuesto del Consejo Europeo de Innovación para estas tecnologías ronda los 256 millones de euros, en contraste con los más de 6.000 millones de dólares que mueven las agencias federales estadounidenses. Con este panorama, Europa enfrenta el desafío de cerrar una distancia que amenaza con dejarla rezagada en la carrera por una tecnología que definirá la economía y la geopolítica del siglo XXI.