El cáncer de próstata provocó alrededor de 1.467.854 nuevos diagnósticos y 397.430 muertes en el mundo durante 2022, según estimaciones de GLOBOCAN. La enfermedad representó el 7,3 % de los casos oncológicos registrados y fue el segundo tumor más frecuente entre los hombres, con diferencias importantes en su incidencia entre países y regiones. Para el urólogo Adam R. Miller, de Mayo Clinic en Rochester, Minnesota, la detección temprana debe partir de una evaluación individual del riesgo, ya que los tumores localizados pueden no producir síntomas, por lo que recomienda conversar con el equipo médico antes de decidir cuándo comenzar los estudios preventivos.
Factores de riesgo: edad, antecedentes familiares y genética
Entre los principales factores a considerar se encuentra la edad, ya que el riesgo aumenta con el paso de los años. También influyen los antecedentes familiares, especialmente cuando un padre, hermano o abuelo ha sido diagnosticado con la enfermedad. La genética constituye otro elemento de evaluación: algunas mutaciones, como las del gen BRCA2, relacionadas también con determinados cánceres de mama, pueden asociarse con tumores prostáticos de comportamiento más agresivo.
La ausencia de manifestaciones iniciales no significa que cualquier dificultad urinaria sea indicativa de cáncer. Problemas para orinar, un chorro débil o la necesidad de acudir al baño con mayor frecuencia suelen relacionarse con el agrandamiento benigno de la próstata, frecuente con el envejecimiento. Sin embargo, la presencia de sangre en la orina o el semen, pérdida de peso sin causa aparente o dolor óseo requiere valoración médica. Estos síntomas pueden aparecer en casos avanzados, aunque también pueden deberse a otras enfermedades. Miller señala que los controles buscan identificar lesiones antes de que produzcan síntomas, y la decisión de realizar estudios no depende únicamente de la edad, sino también del estado general de salud, la expectativa de vida y las preferencias del paciente.
El PSA: una herramienta útil pero no definitiva
El análisis de antígeno prostático específico (PSA) es una de las principales herramientas utilizadas para detectar alteraciones en la próstata. Sin embargo, un valor elevado no significa necesariamente que exista cáncer. El Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos indica que el PSA también puede aumentar por hiperplasia prostática benigna, inflamación, una biopsia reciente, ejercicio intenso o eyaculación. Por esa razón, ante un resultado alterado, el médico puede indicar una segunda medición antes de recomendar otros procedimientos diagnósticos.
Aunque un valor superior a 4,0 nanogramos por mililitro suele justificar estudios adicionales, no existe una cifra única que determine con certeza cuándo un resultado es normal o anormal. Los valores también pueden variar según la edad y por el uso de medicamentos como finasterida o dutasterida, que pueden reducir los niveles de PSA. Como referencia, el Grupo de Trabajo de Servicios Preventivos de Estados Unidos recomienda que las personas de 55 a 69 años decidan junto con su médico si realizarse la prueba, luego de analizar sus posibles beneficios y riesgos. Para los mayores de 70 años, el organismo no recomienda el cribado sistemático mediante PSA. En pacientes considerados de mayor riesgo, Mayo Clinic plantea que la conversación sobre los controles puede comenzar entre los 40 y 45 años.
Del PSA a la biopsia: un proceso progresivo
Cuando el PSA presenta alteraciones, la evaluación suele realizarse de manera progresiva para determinar si resulta necesaria una biopsia de próstata. El primer paso incluye la valoración de la edad, antecedentes familiares, factores genéticos y estado general del paciente. Si el PSA aparece elevado, la prueba puede repetirse varias semanas después para descartar aumentos transitorios. También puede realizarse un tacto rectal y solicitarse estudios complementarios, como biomarcadores en sangre u orina y una resonancia magnética de próstata, que permite identificar áreas sospechosas. Si las sospechas persisten, se realiza una biopsia, procedimiento mediante el cual se extraen muestras de tejido para confirmar o descartar la presencia del cáncer y determinar las características del tumor. A partir de los resultados del PSA, las imágenes y la biopsia, el equipo médico puede determinar si corresponde mantener una vigilancia activa, iniciar un tratamiento local o establecer una estrategia para una enfermedad avanzada.
Falsos positivos y vigilancia activa
Aunque el PSA permite detectar algunos tumores antes de que se extiendan, también puede identificar lesiones de crecimiento lento que posiblemente nunca habrían causado problemas al paciente. Los falsos positivos forman parte de las limitaciones de esta prueba: el Instituto Nacional del Cáncer estima que entre el 6 % y el 7 % de los hombres obtiene un falso positivo durante una ronda de detección. Además, solo alrededor del 25 % de los hombres sometidos a una biopsia por un PSA elevado recibe posteriormente un diagnóstico de cáncer.
En algunos tumores de bajo riesgo y determinados casos de riesgo intermedio, los médicos pueden optar por la vigilancia activa en lugar de iniciar inmediatamente una cirugía o radioterapia. Esta estrategia puede incluir controles de PSA cada seis o doce meses, resonancias magnéticas y biopsias periódicas para evaluar posibles cambios en el comportamiento del tumor. El objetivo es detectar a tiempo cualquier progresión de la enfermedad mientras se evitan los efectos adversos de tratamientos que podrían no ser necesarios en esa etapa.
Opciones de tratamiento y efectos secundarios
Cuando es necesario intervenir, entre las opciones se encuentran la cirugía para extirpar la próstata y la radioterapia externa. También pueden utilizarse la braquiterapia y determinadas terapias focales. La elección depende de la extensión y agresividad del tumor, así como del estado de salud y las prioridades del paciente. Tanto la cirugía como la radioterapia pueden afectar la continencia urinaria y la función eréctil. En los casos en que el cáncer se ha extendido fuera de la próstata, el tratamiento puede incluir terapia hormonal y quimioterapia, de acuerdo con la evaluación del equipo médico. Con un diagnóstico temprano y un abordaje personalizado, las probabilidades de éxito y la calidad de vida del paciente pueden optimizarse considerablemente.