Palabras como ansiedad y miedo se repiten con frecuencia en el relato de quienes se ven obligados a abandonar su país. Al llegar a su nuevo destino sin recursos, afloran los problemas psicológicos derivados de haberlo dejado todo atrás. Ante esta realidad, España ha activado programas de protección que acompañan de forma integral a los solicitantes de asilo.
Fátima, de 29 años, dejó Marruecos para estudiar Medicina en Ucrania. La guerra provocada por Rusia cambió su vida drásticamente. Nada más instalarse en España, comenzaron a manifestarse las secuelas mentales derivadas del conflicto y del largo periplo migratorio.
Un programa de acogida con dos fases
Programas como el que asiste a Fátima son fundamentales. Se trata del sistema de acogida de protección internacional del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, dirigido a solicitantes de asilo que han tenido que abandonar su país por situaciones complejas. Cuenta con dos fases: una primera para cubrir necesidades básicas —alojamiento y atención sanitaria— y una segunda para fomentar la autonomía de la persona. A lo largo de todo el proceso, se ofrece un acompañamiento integral con asistencia psicológica y jurídica.
Fátima estuvo apenas un año en Ucrania. Llegó en 2021 para estudiar Medicina, pero en 2022, cuando ya estaba integrada y aprendiendo el idioma, estalló la guerra. “Mis amigos y yo tuvimos que emigrar. He pasado por muchos países, como Francia y Alemania, hasta que llegué a España”, relata a EFE.
El impacto psicológico no solo lo causó el conflicto. Dejar toda su vida —“los títulos, los papeles”— y llegar a un país nuevo sin saber dónde iba a quedarse ni con quién, también le dejó secuelas. El mayor obstáculo fue el idioma. Antes de recalar en Madrid, pasó por Cataluña, Galicia y Extremadura. Llegó sin hablar español: “No sabía ni coger el bus, ni acudir a un hospital, ni comprar una tarjeta de transporte”. Logró aprenderlo con clases y esfuerzo. El apoyo del programa fue integral y disponible “día y noche”: enseñanza del idioma, apoyo jurídico, acompañamiento para gestiones, ayuda para comida y vivienda, y sesiones de terapia.
“Un espacio seguro, sin juicio”
El psicólogo Juan José Iriarte, especialista del Centro San Juan de Dios en Ciempozuelos (Madrid), explica que la primera labor es valorar a la persona y ofrecerle un seguimiento psicológico. “A veces hay que intervenir claramente, otras de manera preventiva, y hay que intentar acompañarle para que alcance el mayor bienestar, la mayor serenidad posible”, señala. Poder brindar un espacio seguro, donde se pueda hablar “sin juicio” y “confidencialmente”, es esencial.
Iriarte subraya que el viaje migratorio en sí es un proceso “durísimo” y muy condicionante para la etapa posterior, esa que implica “empezar en un sitio nuevo con todas las dificultades y los duelos” propios del hecho migratorio. No existe un perfil único de migrante, pero todos comparten el llamado “duelo migratorio”. “Si la persona se queda enganchada al pasado, eso tiene que ver con la tristeza, con la depresión. Si mira hacia el futuro, siente ansiedad, incertidumbre”, describe.
Muchos migrantes activan mecanismos de defensa y se ponen “en modo supervivencia” —“tienen que tirar para adelante a pesar de cómo se encuentren”—, especialmente cuando hay hijos de por medio. Iriarte añade que el estado del mercado inmobiliario también influye: “Muchas veces, conseguir una vivienda para varios miembros de la familia, cuando a lo mejor puede optar a trabajar una sola persona, o incluso dos, es muy complejo”.
La discriminación es otro factor en su contra. Ante ella, el psicólogo apela a la empatía: “Quiero pensar que la gran mayoría, si conocieran de primera mano los casos, conocieran a las personas, muchas veces les serviría para empezar a deshacer ese tipo de conceptos”, concluye.