Mark Carney ha dado un paso que pocos aliados de Estados Unidos se han atrevido a dar. El primer ministro canadiense se ha levantado de la mesa de negociaciones comerciales con la Administración Trump, dejando claro que su país no está dispuesto a pagar con soberanía el precio de un acuerdo. "Estás en guerra cuando te atacan, y a nosotros nos han atacado", sentenció Carney, prometiendo responder "dólar por dólar" al anuncio de aranceles del 50 % sobre productos canadienses que amenazan con poner en riesgo 87.000 empleos.
El gesto, inédito entre los socios históricos de Washington, ha resonado con fuerza en Bruselas. La Unión Europea, que también ha sido blanco de las exigencias expansivas de Trump —aranceles, normativas digitales, presión sobre el clima—, observa ahora el pulso canadiense como un espejo de sus propias encrucijadas. ¿Está Europa dispuesta a seguir el ejemplo de Carney?
Los argumentos para plantarse
La UE tiene razones de peso para endurecer su postura. Su tamaño económico —18,8 billones de euros, casi diez veces el PIB de Canadá— y un comercio bilateral con EE.UU. que duplica al canadiense le otorgan mayor capacidad de maniobra. Además, Bruselas cuenta con herramientas como el Instrumento Anticoerción (ACI) o una lista de represalias de 93.000 millones de euros en productos estadounidenses.
Pero también hay razones para la contención. La UE no es un Estado federal; necesita el consenso de 27 países con intereses divergentes. Alemania, Italia e Irlanda han mostrado más disposición a ceder, mientras que Francia, España y los nórdicos abogan por la firmeza. Esa cacofonía, que ya diluyó acuerdos anteriores, sigue siendo la principal debilidad europea.
El factor Ucrania y la dependencia estratégica
A diferencia de Canadá, la UE vincula su relación comercial con Washington a la seguridad del continente. La guerra en Ucrania, la inteligencia compartida y los sistemas de defensa antiaérea fabricados en EE.UU. pesan en la balanza. Bruselas sabe que un enfriamiento con Trump podría traducirse en un desenganche de Washington del conflicto ucraniano, un escenario que ningún líder europeo quiere asumir.
La unidad, clave de la apuesta canadiense
Carney ha logrado lo que la UE aún no consigue: alinear a todo un país detrás de una respuesta firme. Las provincias canadienses, incluso las más expuestas al golpe arancelario, respaldaron su decisión, y el 76 % de los canadienses aprueba su postura. Ese consenso, alimentado por el rechazo generalizado a Trump y a sus insinuaciones de anexión, ha blindado políticamente al primer ministro.
En Bruselas, en cambio, la unidad es frágil. El Instrumento Anticoerción sigue sin activarse, y los Estados miembros dudan entre la defensa de su soberanía regulatoria y el miedo a una confrontación total. "No es solo comercio, es seguridad, es Ucrania, es la volatilidad geopolítica", reconocía un comisario europeo. Una verdad que pesa más que cualquier arancel.
El dilema europeo
El ejemplo de Carney demuestra que plantarse ante Trump es posible, pero exige costes políticos y económicos que no todos están dispuestos a asumir. Para la UE, el dilema es doble: por un lado, protegerse de las presiones de Washington; por otro, no alienar al único aliado que puede sostenerla frente a Moscú y frente a una China que, en paralelo, tensa la cuerda comercial.
Como señalan los analistas, Europa podría estar ante un momento crítico. Si Washington cumple sus amenazas sobre los aranceles digitales o las normas climáticas, el acuerdo de Turnberry se desmoronará, y la UE se verá forzada a elegir entre ceder o escalar. El gesto de Carney ha mostrado que la rebelión es posible. Pero, ¿tendrá Bruselas el valor de seguir su ejemplo? La respuesta, por ahora, sigue en el aire.