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La desesperada huida de los migrantes LGTBI que cruzaron a nado a Ceuta

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Fariha es una mujer transexual marroquí de 29 años, nacida en Tánger, que desde niña soñaba con llegar a España «para tener una vida mejor, para poder ser ella misma». El pasado 30 de julio vio su oportunidad: «Me desperté y vi en redes sociales que mucha gente estaba yendo a Ceuta. Así que cogí mi ropa y me fui». Cruzó a nado con una sola mano, porque, según relata, su padre le había pegado y tenía 25 puntos de sutura. Su testimonio, recogido por EFE, es el de una de las decenas de migrantes del colectivo LGTBI que aprovecharon la entrada masiva de finales de julio para huir de un país donde la homosexualidad está penada con cárcel y reclaman ahora protección internacional en la ciudad autónoma.

Entre el 30 y el 31 de julio, más de 80.000 migrantes entraron de forma irregular en Ceuta. 141 personas murieron en el intento y las relaciones entre Marruecos y España se tensaron. Entre esos migrantes, al menos varias decenas forman parte del colectivo LGTBI, según apuntó desde Madrid la activista transexual marroquí Tima Agueddour, quien obtuvo protección internacional en España hace tres años. Algunas ONG, como Border Resistance, prefieren no dar cifras exactas porque, explican, es «muy difícil contabilizar a las personas del colectivo y ese registro deben hacerlo las autoridades».


Un "infierno" en Marruecos y una violencia que no cesa en Ceuta

En Marruecos, el Código Penal castiga los «actos antinaturales con personas del mismo sexo» con penas de entre seis meses y tres años de prisión. Ahmed y Suleiman, una pareja gay, también entraron a nado en Ceuta, aunque lo hicieron el 26 de julio, días antes de la entrada masiva. A ambos los echaron de su casa por ser homosexuales. Ahmed relata que en su ciudad vivía un «infierno»: tras confesar su orientación sexual en una entrevista en un medio local, no pudo «volver a salir tranquilamente a la calle». Su familia lo obligó a regresar al medio para pedir perdón y negar que fuera homosexual.

Al llegar a España, pensaban que su situación mejoraría, pero tuvieron que huir de otros migrantes que les perseguían al grito de «aquí están los maricones». Fariha también sufrió agresiones tanto de migrantes como de la población ceutí: «En Marruecos estaba en una situación terrible por mi familia y la comunidad, y aquí sigo sufriendo los mismos insultos. Hay mucha violencia y abuso por ambas partes». Al llegar, estuvo once días durmiendo escondida en los bosques a las afueras de la ciudad, sin comida ni bebida. Después consiguió alquilar un alojamiento con dinero donado por amigos del colectivo residentes en España y, finalmente, fue acogida en un centro. Apenas sale de él porque, fuera, la violencia «es tremenda».

La situación de Ahmed y Suleiman es similar: fueron acogidos por una mujer en Ceuta, pero, a partir del 30 de julio, ella tenía miedo y comenzaron a dormir en la calle. «Un día nos pusimos a llorar cerca de una playa. Allí, un extranjero nos vio, se acercó y nos dio la dirección de una asociación. Gracias a esta asociación, hemos podido tener una habitación donde dormir y ducharnos», declara Ahmed. Ambos desean irse a cualquier lugar de Europa donde puedan estar seguros y quererse libremente. Fariha, por su parte, quiere trasladarse a la península para trabajar duro y ayudar al colectivo: «Quiero colaborar con la sociedad española» porque «amo España» y no quiere que nadie más pase por lo que ella ha vivido.


Presión institucional y cambio en el perfil de los solicitantes

La ministra española de Juventud e Infancia, Sira Rego, mantuvo el miércoles una reunión con representantes de ACNUR, a quienes comentó, sin dar cifras, que algunos de los menores migrantes que siguen en Ceuta son beneficiarios de protección por su pertenencia al colectivo. No obstante, fuentes policiales advirtieron a EFE de un cambio en el perfil de los solicitantes de asilo en las últimas semanas, con un aumento de las relacionadas con la orientación sexual en detrimento de los motivos económicos, que normalmente son desestimados. La activista Tima Agueddour denuncia la urgencia de la situación: «Han venido para salvar su vida, porque hoy o mañana esta chica puede estar muerta en una calle de Marruecos. Puedes acabar en la cárcel por amar a una persona». Fariha, mientras tanto, solo pide «celeridad en el proceso porque todo empeora día a día, es invivible seguir en esta situación», señala en una llamada telefónica a EFE frente a una comisaría de policía a la que acudió tras haber sufrido una agresión el día anterior.