Han pasado 14 años desde la última aparición de la especie Bundibugyo del ébola en la República Democrática del Congo (RDC). El actual brote, que ya supera las 200 muertes y los 900 casos sospechosos, presenta diferencias clave con el de 2012 y amenaza con expandirse debido al contexto de conflicto, desplazamientos masivos y la falta de herramientas sanitarias específicas, advierten especialistas.
Bundibugyo es una de las seis especies catalogadas del virus del Ébola. No es la más conocida —esa distinción corresponde a la cepa Zaire, responsable de la mayoría de las epidemias anteriores y con una letalidad de hasta el 90%—, pero su tasa de mortalidad, de entre el 30% y el 50%, sigue siendo «elevada». «Yo creo que habrá muchísimos más casos y, por lo tanto, más fallecimientos. Por desgracia estamos aún en la punta del iceberg», señala Raúl Rivas, catedrático de Microbiología de la Universidad de Salamanca, en un análisis sobre la crisis.
Un virus detectado tarde por falta de pruebas adecuadas
La principal diferencia entre el brote actual y el de 2012 es la detección tardía. Los test rápidos utilizados en la RDC están diseñados principalmente para detectar la cepa Zaire, lo que provocó falsos negativos en los primeros casos. Además, los síntomas iniciales del ébola (fiebre, dolor muscular) se confunden con los de la malaria, una enfermedad endémica en la zona.
Aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la emergencia de salud pública de importancia internacional con celeridad —para atraer recursos económicos, materiales y personal—, la respuesta sobre el terreno se enfrenta a obstáculos enormes.
Propagación acelerada: conflicto, minas y deforestación
La rápida propagación del virus responde a un cóctel multifactorial. La provincia de Ituri, epicentro del brote, vive un largo conflicto entre el Ejército congoleño y grupos rebeldes. En la última semana se han producido dos incidentes de seguridad en centros de salud. La violencia ha desplazado a cientos de miles de personas, que viven hacinadas en campos.
A ello se suman la actividad minera —que genera una alta movilidad de personas—, la falta de infraestructuras básicas y la deforestación. Los murciélagos frugívoros, huéspedes naturales del virus, se ven obligados a acercarse a los asentamientos humanos en busca de alimento. El contagio se produce por contacto directo con fluidos de animales infectados (monos, antílopes, puercoespines) o de personas enfermas.
Sin vacuna ni tratamiento para Bundibugyo
Contra la cepa Zaire existen dos vacunas aprobadas: Ervebo (Merck) y el régimen Zabdeno/Mvabea (Janssen). Ninguna funciona contra Bundibugyo. Hay dos candidatas prometedoras (de Merck y AstraZeneca), pero aún se encuentran en fase de pruebas con animales. Los primeros ensayos en humanos tardarán entre seis y nueve meses, según la OMS.
En cuanto a los tratamientos, los anticuerpos monoclonales existentes están dirigidos contra el virus Zaire, por lo que no son eficaces. La OMS ha recomendado priorizar la investigación de estos fármacos para la cepa Bundibugyo.
Riesgo bajo para Europa y América, pero «muy alto» en África
El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha elevado el riesgo del brote dentro de la RDC a «muy alto», mientras que a nivel regional (África subsahariana) se mantiene en «alto» y a escala global en «bajo». Diez países africanos se encuentran en alto riesgo de verse afectados, al compartir frontera con la RDC o Uganda.
El peligro de que el virus salte a Europa o América es bajo, pero no nulo. Rivas advierte de que existen «pasillos geográficos» que conectan las zonas rurales afectadas con grandes ciudades como Kinsasa (casi 20 millones de habitantes), con conexiones aéreas internacionales. «Si la epidemia llega a centros urbanos densamente poblados, el problema se agravaría exponencialmente», concluye el investigador.