Un consenso de 43 expertos internacionales alerta de que los alimentos ultraprocesados representan una crisis de salud pública de primer orden, cuyos paralelismos con la epidemia de tabaquismo son alarmantes. Según un exhaustivo especial publicado en la revista The Lancet, tras su consumo creciente se esconden influyentes multinacionales que es necesario frenar mediante una regulación gubernamental más estricta.
La prestigiosa publicación científica presenta este miércoles un análisis en profundidad, diseminado en tres estudios complementarios con participación de las universidades españolas de Salamanca y Navarra. Se trata del metaanálisis más completo realizado hasta la fecha, que no solo evalúa el impacto mundial de estos productos, sino que también propone vías para abordarlo.
El impacto en la salud: una larga lista de enfermedades crónicas
Los expertos definen los alimentos ultraprocesados como formulaciones industriales elaboradas con ingredientes baratos y generalmente nocivos, ricos en aditivos y sustancias químicas. Su perfil nutricional es pobre: exceso de sal, azúcares y grasas poco saludables, junto con una escasez de fibra y proteínas. Esta composición está desplazando los patrones alimentarios tradicionales, empeorando la calidad global de la dieta y propiciando el aumento de enfermedades crónicas.
La evidencia científica, respaldada por una revisión de 104 estudios, es contundente: un consumo elevado de ultraprocesados se asocia con más casos de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, depresión, patologías renales y un mayor riesgo de muerte prematura.
Un crecimiento mundial "muy preocupante"
Varias encuestas nacionales revelan una expansión alarmante de estos productos en la dieta global. En España, la ingesta diaria de calorías procedentes de ultraprocesados se ha triplicado en tres décadas, pasando del 11% al 32%. Tendencias similares se observan en China (del 4% al 10%) o en países como México y Brasil. Mientras, en naciones como Estados Unidos y el Reino Unido, más de la mitad de la ingesta calórica de la población ya proviene de estos alimentos.
Un arsenal de medidas para proteger a la ciudadanía
Frente a esta situación, el segundo artículo de la serie propone un paquete de políticas contundentes. Los autores instan a los gobiernos a regular y reducir la producción, comercialización y consumo de ultraprocesados para proteger la salud pública de lo que denominan "la poderosa industria fabricante".
Entre las medidas clave se incluyen:
- Etiquetado frontal de advertencia, similar al de las cajetillas de tabaco, que informe de manera clara sobre los aditivos y los riesgos para la salud.
- Restricción de la publicidad y limitación de su disponibilidad en entornos clave como comedores escolares, hospitales y supermercados.
- Aplicación de impuestos más elevados, cuyos ingresos se destinen específicamente a abaratar el acceso a frutas, verduras y alimentos frescos en los hogares con menos recursos.
Como subrayó en rueda de prensa Camila Corvalán, directora del CIAPEC de Chile, "comprar alimentos ultraprocesados nocivos para la salud no puede ser tan barato. Hay que ponerles impuestos más altos y destinar ese dinero a que sea más fácil acceder a la comida fresca y saludable".
La necesidad de una respuesta global coordinada
El tercer artículo desmonta el mito de la elección individual, argumentando que son las estrategias de las corporaciones globales, y no las decisiones libres de los consumidores, las que impulsan el auge de los ultraprocesados. El estudio concluye que una respuesta sanitaria global es "urgente y factible".
Los autores revelan cómo este sector, el más rentable de la alimentación con ventas globales de miles de millones, utiliza ingredientes baratos, marketing agresivo y un lobby político sofisticado para proteger sus beneficios. "Coordinan cientos de grupos de interés, presionan a políticos, realizan donaciones y se involucran en litigios para retrasar las políticas", resaltó Phillip Baker, de la Universidad de Sidney y uno de los autores principales.
Ante estas tácticas, que recuerdan poderosamente a las empleadas en su día por la industria tabacalera, la comunidad científica clama por un cambio de paradigma: promover sistemas alimentarios centrados en la salud, la equidad y la sostenibilidad, y no en el beneficio corporativo.