Japón atraviesa una de las semanas más letales de su historia reciente por calor extremo. La ola de temperaturas que azota el archipiélago ha dejado al menos 14 fallecidos y ha provocado más de 10.000 hospitalizaciones en solo siete días, una cifra récord que ha desbordado los servicios de emergencia, especialmente en la capital.
Por tercer día consecutivo, los termómetros superan los 35 grados desde primera hora en las regiones de Kanto y Tokai, y la Agencia Meteorológica Japonesa (JMA) no descarta que varias zonas alcancen los 40 grados durante la tarde. Las alertas por golpe de calor se han extendido a 41 prefecturas, desde Tohoku (norte) hasta Okinawa (sur), con algunas regiones en nivel de "día de calor cruel" (kokushobi), una categoría establecida el pasado abril para advertir del peligro extremo.
Los datos preliminares de la Agencia de Gestión de Incendios y Desastres revelan que entre el 13 y el 19 de julio, 10.857 personas fueron trasladadas a hospitales por insolación, más del doble que la semana anterior y la primera vez que se supera la barrera de los 10.000 evacuados en siete días. Del total, 321 pacientes se encuentran en estado grave y el 60 % de los afectados son mayores de 65 años.
En Tokio, la situación ha alcanzado niveles críticos: el miércoles se registraron 453 hospitalizaciones por golpe de calor, la cifra diaria más alta desde que hay registros. Los servicios de emergencia recibieron 3.612 llamadas en un solo día, otro récord que se repite por segunda jornada consecutiva, lo que ha obligado a las autoridades a emitir una alerta por falta de ambulancias disponibles en la web oficial.
Ante esta emergencia, el Gobierno metropolitano de Tokio mantiene activa la campaña Tokyo Cool Biz, impulsada hace más de dos décadas por la gobernadora Yuriko Koike, que flexibiliza el código de vestimenta en las oficinas para permitir ropa más ligera, como camisetas y pantalones cortos, una medida que busca combatir el calor extremo y reducir el consumo energético en un momento en que la red eléctrica también está bajo presión. La ola de calor, que se prevé persistente, pone a prueba la capacidad de respuesta de un país acostumbrado a fenómenos extremos pero que, esta vez, enfrenta cifras sin precedentes.