Un amplio estudio mundial publicado en la revista 'Nature' revela que las tasas de obesidad, lejos de seguir una misma trayectoria global, han presentado tendencias radicalmente opuestas según la región, el nivel de ingresos, la edad y el sexo durante las últimas cuatro décadas. Mientras que gran parte de Europa Occidental y otros países de renta alta han logrado estabilizar sus niveles, las naciones de ingresos bajos y medios, especialmente en África subsahariana, Asia y el Pacífico insular, continúan viendo un aumento acelerado de la obesidad.
La investigación, realizada por la NCD Risk Factor Collaboration —una red de casi 2.000 científicos que analizaron datos de 232 millones de personas de 200 países y territorios entre 1980 y 2024—, cuestiona el relato de una única «epidemia mundial» homogénea. Los autores advierten que esa visión puede ocultar diferencias sustanciales entre países, grupos de edad y sexo, lo que exige políticas adaptadas a cada realidad.
La situación en los países de renta alta: una meseta tardía
En la mayoría de los países occidentales de altos ingresos —incluyendo Europa Occidental, Norteamérica y Australasia— el aumento de la obesidad infantil comenzó a ralentizarse en la década de 1990 y se estabilizó a mediados de los años 2000. Dinamarca fue pionera en esta desaceleración, con tasas estabilizadas desde 1990. En la década de 2010, países como Francia, Italia y Portugal mostraron incluso pequeños pero significativos retrocesos en la obesidad infantil, los primeros descensos nacionales documentados.
Entre los adultos, la tendencia a la estabilización se produjo aproximadamente una década después que en los niños. Actualmente, la prevalencia de obesidad adulta en Europa Occidental se mantiene por debajo del 25 % (11 % en Francia). En contraste, los países anglosajones de renta alta presentan cifras mucho más elevadas: Reino Unido, Canadá y Estados Unidos registran tasas de obesidad adulta que oscilan entre el 25 % y el 43 %.
El alarmante escenario en el mundo en desarrollo
La realidad es muy distinta en la mayoría de los países de ingresos bajos y medios del África subsahariana, Asia meridional y sudoriental, América Latina y las naciones insulares del Pacífico. Allí la obesidad no solo continúa aumentando, sino que en muchos lugares el ritmo de crecimiento se acelera. En 2024, 36 países registraron incrementos anuales de más de medio punto porcentual en la obesidad femenina infantil, y 35 en la masculina. Las mayores velocidades se dieron en Tonga y Samoa (niñas) y en Perú (niños).
Las islas del Pacífico presentan los casos más extremos: en Tonga y las Islas Cook, más del 65 % de la población adulta es obesa. Incluso en países donde la obesidad era muy poco frecuente, como Etiopía, Ruanda y Bangladesh, las tasas están aumentando de forma sostenida.
Factores, políticas y el papel de los medicamentos
El estudio señala que no existe una única causa para estas diferencias. La obesidad está determinada por una combinación de acceso a alimentos ultraprocesados, cambios en la actividad física, niveles de ingresos y la respuesta de los sistemas sanitarios. Las políticas públicas parecen tener influencia: medidas como los impuestos al azúcar han mostrado efectos modestos pero mensurables sobre los niveles de obesidad poblacional.
Los investigadores insisten en que las respuestas deben ser específicas para cada país: «Lo que se necesita son políticas y programas nutricionales y sanitarios matizados que sean pertinentes para cada país, especialmente aquellos que apoyen a las personas con menos ingresos y educación para que coman alimentos sanos, tengan un estilo de vida activo y utilicen las intervenciones sanitarias pertinentes».
Sobre los medicamentos para adelgazar, el estudio reconoce su potencial futuro, pero advierte que «sus costes altamente variables a través de proveedores públicos y privados son actualmente un obstáculo para aumentar su cobertura y pueden incrementar las desigualdades». La conclusión es clara: sin medidas más contundentes y adaptadas a cada contexto, muchos países de renta baja y media corren el riesgo de mantener niveles elevados de obesidad durante décadas, con una presión creciente sobre sus sistemas sanitarios.