Lyon/ Ginebra.– En una cumbre que pretendía ser un faro de esperanza, la realidad golpeó con crudeza. La Comisión Europea anunció este martes que reducirá su contribución al Fondo Mundial de lucha contra el sida, la tuberculosis y la malaria, sumándose a una tendencia global de recortes en ayuda sanitaria que amenaza con revertir décadas de avances. El organismo comprometió 700 millones de euros para el período 2027-2029, 15 millones menos que en el ciclo anterior, en un contexto donde la necesidad de financiación nunca había sido tan crítica.
“La seguridad sanitaria mundial es una responsabilidad compartida”, declaró el comisario Jozef Síkela, en un intento por maquillar la magra cifra. Pero los números hablan más alto que las palabras: el Fondo Mundial necesitaba 18.000 millones de dólares para cumplir sus objetivos; apenas ha reunido 12.640 millones. El agujero de financiación supera los 5.000 millones de dólares, una brecha que podría traducirse en millones de muertes evitables.
Europa, un socio que se encoge
La llamada "contribución de Team Europe" (Comisión más estados miembros) cayó de 4.300 millones de euros en el ciclo anterior a algo más de 3.000 millones. Alemania, tradicionalmente uno de los donantes más generosos, redujo su aportación de 1.300 a 1.000 millones de euros. Italia pasó de 185 a 150 millones. Solo Países Bajos aumentó su contribución, aunque de forma marginal.
La UE sigue siendo un actor clave —ha aportado un tercio de la financiación total del Fondo desde 2002—, pero su menguante entusiasmo refleja un cambio de prioridades en un mundo sacudido por guerras, inflación y un giro aislacionista en potencias como Estados Unidos.
El gigante americano se retira
Mientras Europa recorta, Estados Unidos, históricamente el mayor donante del Fondo Mundial, ha paralizado toda su ayuda humanitaria y desmantelado su Agencia para el Desarrollo Internacional (USAID). Además, se retiró formalmente de la Organización Mundial de la Salud a principios de año, una decisión que Argentina emuló. El vacío que deja Washington es un cráter que nadie parece dispuesto a llenar.
“La caída de financiación amenaza los avances hacia la erradicación de estas tres enfermedades”, advirtió el Fondo Mundial en un comunicado. Peter Sands, su director ejecutivo, fue más allá: “Apoyar a los países en su transición para dejar de depender del Fondo no es nuevo; lo que es nuevo es la escala y el ritmo de la transición que estamos impulsando ahora”. Traducido: los países pobres tendrán que arreglárselas solos antes de tiempo.
El costo humano de los recortes
Un estudio del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal) estima que, si los recortes actuales se mantienen, se producirán 22,6 millones de muertes adicionales de aquí a 2030, incluidos 5,4 millones de niños menores de 5 años en 93 países de renta baja y media. No son números abstractos: son padres, madres, hijos, comunidades enteras.
Los datos de las enfermedades son escalofriantes. La tuberculosis sigue siendo la principal causa de muerte por un único agente infeccioso: en 2024, 10,7 millones de personas enfermaron y 1,2 millones murieron. La malaria causó 282 millones de casos y 610.000 muertes, nueve millones más que el año anterior. El VIH afecta a 40,8 millones de personas, con 1,3 millones de nuevas infecciones anuales.
El Fondo Mundial se reorienta: más pobres, más rápidos
Ante el contexto de “recursos limitados”, la organización ha decidido concentrar sus esfuerzos en los países más pobres y con mayor carga de enfermedad, acelerando su autosuficiencia. “No es nuevo, pero la escala y el ritmo sí lo son”, insistió Sands. En la práctica, significa que países de renta media que aún dependen del Fondo tendrán que asumir sus propios programas contra el sida, la tuberculosis y la malaria, con los recursos que puedan movilizar internamente.
La paradoja es cruel: justo cuando la comunidad científica ha logrado avances increíbles en tratamientos y prevención —fármacos antirretrovirales de larga duración, vacunas contra la malaria, diagnósticos rápidos de tuberculosis—, la voluntad política para financiarlos se desvanece. La pandemia de COVID-19 ya mostró cómo la cooperación global puede ser frágil. Ahora, con las guerras en Ucrania y Oriente Medio acaparando la atención y los presupuestos, las enfermedades olvidadas vuelven a serlo.
La pregunta incómoda: ¿quién pagará por salvar vidas?
El Fondo Mundial sigue siendo una de las mayores organizaciones internacionales dedicadas a erradicar estas tres epidemias. Su modelo de financiación trienal, las “reposiciones”, ha salvado millones de vidas desde su creación. Pero la octava reposición, la de 2026, está siendo la más magra de su historia.
Los donantes se escudan en la crisis económica, en la guerra, en la inflación. Pero los activistas recuerdan que el costo de no actuar es mucho mayor: vidas perdidas, sistemas de salud colapsados, futuros hipotecados. Mientras los líderes mundiales discuten recortes en lujosos hoteles de Lyon, en una aldea de Mozambique una madre mira a su hijo con fiebre sin saber si es malaria o una simple gripe. En un barrio marginal de Yakarta, un joven con VIH no puede acceder a los antirretrovirales porque el hospital local se quedó sin fondos. En un hospital de Lima, una enfermera ve cómo los casos de tuberculosis multirresistente se multiplican porque los tratamientos se interrumpieron.
La UE sigue siendo “un socio fiable”, según Síkela. Pero la fiabilidad, cuando los recursos menguan, es un consuelo frío. El Fondo Mundial agradece lo que recibe, pero sabe que no es suficiente. Y mientras las enfermedades no descansan, los donantes sí parecen dispuestos a tomarse un respiro. La salud global está en la UCI, y la factura la pagarán los más vulnerables. Como siempre.