Si se mira el medallero como un bloque, el viejo continente no tiene rival. Los 27 Estados miembros de la Unión Europea han acumulado 164 metales —54 de ellos de oro—, situándose muy por encima de Noruega y Estados Unidos. Italia, Alemania y Francia firman un podio simbólico que las instituciones comunitarias no han dudado en celebrar.
Cuando los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina apagaron su llama, una lectura alternativa del medallero comenzó a circular por los despachos de Bruselas. No era la clasificación oficial, pero su simbolismo resultaba irresistible: la Unión Europea, como bloque de 27 naciones, había arrasado.
El recuento no oficial coloca a la UE en lo más alto con 164 medallas totales: 54 de oro, 56 de plata y 54 de bronce. Una cosecha que supera con claridad a la de Noruega (18 oros, 41 en total) y a la de Estados Unidos (12 oros, 33 en total). Países Bajos, Italia, Alemania y Francia se cuelan entre las seis primeras potencias individuales, pero sumadas, la presencia europea en los podios fue sencillamente abrumadora.
El podio de los 27: Italia, Alemania, Francia
Entre los Estados miembros, la anfitriona Italia encabezó la tabla particular, seguida de Alemania y Francia, completando un triplete que la Comisión Europea y el Parlamento Europeo no dejaron pasar por alto.
"Enhorabuena a todos los competidores por su dedicación y este logro", publicó el Parlamento en su cuenta de X, en un mensaje que trató de capitalizar institucionalmente el éxito deportivo. La celebración, inusual para unas competiciones donde los atletas compiten bajo bandera nacional y no bajo la europea, refleja el creciente peso del imaginario comunitario incluso en terrenos donde la UE no tiene competencia formal.
Más que medallas: un mensaje de unidad
Más allá de las cifras, el dominio europeo en unos Juegos celebrados en casa adquiere una dimensión política sutil pero innegable. En un momento de tensiones internas —desde la guerra en Ucrania hasta las disputas energéticas con Hungría y Eslovaquia—, el éxito combinado de los atletas ofrece a Bruselas una narrativa de unidad y excelencia que contrarresta, aunque sea por unos días, el ruido de fondo de las divisiones.
Los Juegos de Milán-Cortina pasarán a la historia por su espectacular escenario alpino, pero también por dejar una imagen nítida: cuando Europa decide competir unida, aunque sea solo sobre el papel, no hay quien la tosa.