La Administración Trump ha lanzado una serie de ataques políticos sin precedentes contra la Unión Europea, advirtiendo en su Estrategia de Seguridad Nacional que el bloque corre el riesgo de ser “borrado de la civilización” si no modifica su rumbo en materia de política migratoria, regulación y gobernanza supranacional. Esta postura ha encendido una semana de tensiones y ha planteado una pregunta fundamental entre los europeos: si Estados Unidos sigue siendo un aliado fiable.
La campaña adquirió resonancia global cuando Elon Musk, propietario de la plataforma X, arremetió contra los funcionarios europeos tras una multa por infringir normativas digitales, llegando a sugerir que la UE debería ser abolida. El presidente Donald Trump respaldó públicamente esta crítica, calificando la sanción como “desagradable” y afirmando que Europa “va en mala dirección”.
En el centro del conflicto se encuentra una visión del mundo cada vez más divergente. Mientras la UE se percibe como defensora del multilateralismo y un orden basado en normas, la Administración Trump impulsa una agenda de “América Primero”, priorizando las relaciones bilaterales, los aranceles y un retorno a la política de grandes potencias. Washington sostiene que, para mantener una relación sólida, la UE debe reformar su “maquinaria” supranacional y volver a una identidad basada en estados-nación soberanos, bajo el lema repetido de que “Europa debe seguir siendo Europa”.
Como parte de esta estrategia, Estados Unidos declaró en su documento de seguridad que cultivaría relaciones con los “partidos patrióticos” de Europa, encontrando aliados naturales en figuras como el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, aunque con matices distintos en su manera de relacionarse con Bruselas.
Rechazo europeo y división interna
La respuesta europea ha sido de firme rechazo ante lo que se considera una injerencia inaceptable en asuntos internos. El presidente del Consejo Europeo, António Costa, subrayó que los aliados no interfieren en los procesos democráticos de los demás, posición secundada por el canciller alemán, Friedrich Merz. La alta representante saliente, Josep Borrell, fue más lejos al sugerir que Estados Unidos busca una “Europa blanca dividida en naciones” subordinada a sus intereses, instando a los líderes europeos a “dejar de fingir que el presidente Trump no es nuestro adversario”.
Sin embargo, la UE carece de una respuesta unificada. Mientras algunos miembros abogan por una postura firme, la Comisión Europea, liderada por Ursula von der Leyen, ha optado por rebajar las tensiones para estabilizar la relación, una estrategia que ya llevó a aceptar un acuerdo comercial considerado desequilibrado durante el verano. Paralelamente, partidos de derecha dura en Europa se muestran reacios a criticar abiertamente a la Administración Trump, con la que comparten afinidades ideológicas en temas como la migración.
Un llamado a la autonomía estratégica
En medio de esta crisis, emerge con fuerza el debate sobre la autonomía estratégica europea. Figuras como el comisario de Defensa, Andrius Kubilius, han señalado que Europa debe “recorrer su propio camino” y superar la dependencia mental de esperar directrices de Washington. La conclusión es clara: la UE se enfrenta a la imperiosa necesidad de definir su soberanía y asumir mayores responsabilidades en un escenario global donde su alianza transatlántica tradicional atraviesa su momento más frágil en décadas.