Cada día, sin saberlo, inhalamos, ingerimos y tocamos una sustancia química que se esconde en cosméticos, detergentes, repelentes de insectos y hasta en el polvo de nuestros hogares. El di-2-etilhexilftalato (DEHP), un aditivo plástico ubicuo, ya había sido relacionado con el cáncer, las cardiopatías y la infertilidad. Ahora, un estudio global dirigido por investigadores del NYU Langone Health le añade un nuevo cargo: ser cómplice de casi 2 millones de nacimientos prematuros en el mundo solo en 2018.
La investigación, publicada recientemente, estima que el DEHP contribuyó a aproximadamente 1,97 millones de partos prematuros y se asoció con alrededor de 74.000 muertes infantiles en todo el mundo. Pero el impacto no es parejo: mientras Oriente Medio y el sur de Asia soportan más de la mitad de la carga, en África ocurre una tragedia silenciosa: aunque hay menos casos, los recién nacidos prematuros tienen muchas más probabilidades de morir debido a la fragilidad de los sistemas de salud.
Cómo un plástico común adelanta el reloj del embarazo
Los ftalatos como el DEHP son disruptores endocrinos, es decir, interfieren con las hormonas que regulan el embarazo. Los científicos creen que estas sustancias pueden desencadenar inflamación y estrés en la placenta, afectando su funcionamiento y provocando que el parto se adelante. El mecanismo exacto aún se investiga, pero la evidencia epidemiológica ya es lo suficientemente sólida como para encender todas las alarmas.
“Estamos jugando a un peligroso juego de Whac-A-Mole con sustancias químicas peligrosas”, advierte el Dr. Leonardo Trasande, autor principal del estudio y catedrático de Pediatría en la Facultad de Medicina Grossman de la NYU. “Estos resultados ponen de relieve la urgente necesidad de una supervisión más estricta de los aditivos plásticos para evitar que se repitan los mismos errores”.
Dos caras de una misma toxina: desigualdad global en la cuna
El estudio, el primero en calcular la carga mundial combinando datos de exposición y resultados sanitarios en más de 200 países, revela un patrón geográfico escalofriante. En Oriente Medio y el sur de Asia, la rápida industrialización y el uso masivo de plásticos disparan los niveles de exposición, generando una alta incidencia de nacimientos prematuros. En África, la incidencia es menor, pero la mortalidad infantil asociada es mucho mayor, porque los sistemas sanitarios no pueden ofrecer cuidados intensivos a los bebés que llegan antes de tiempo.
Los investigadores hablan de una “doble desventaja”: las regiones más vulnerables a la contaminación por ftalatos son a menudo las mismas que tienen menos recursos para salvar a los recién nacidos prematuros. Una injusticia ambiental que se traduce en vidas perdidas.
El juego de la sustitución: de un químico malo a otro igual de malo
Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio es que los sustitutos del DEHP, como el DiNP, parecen conllevar riesgos similares. La industria, presionada para retirar sustancias peligrosas, a menudo las reemplaza por alternativas químicamente parecidas, creando un ciclo interminable de “sustitución lamentable”. “No se trata de cambiar una molécula por otra, sino de repensar el uso de los ftalatos por completo”, afirman los autores.
¿Causa o correlación? Lo que el estudio no puede probar aún
Los investigadores advierten que su análisis se basa en modelos estadísticos que combinan datos de exposición con riesgos conocidos, por lo que no establecen una relación directa de causa y efecto. El impacto real podría ser menor o mayor. Pero incluso con esas limitaciones, la magnitud de las cifras es tan abrumadora que exige acción.
“Los resultados apuntan a una importante carga sanitaria mundial que requiere más investigación y, sobre todo, una regulación más amplia y por clases de los aditivos plásticos”, concluye Trasande. Mejorar la vigilancia, la gestión de residuos y reducir la exposición no es solo una cuestión de salud pública, sino de justicia global.
La madre que no sabe que su lápiz de labios puede estar hablando por su vientre
El DEHP está en todas partes: en los envases de comida rápida, en los juguetes de los niños, en las mangueras de jardín, en los perfumes. Sus partículas microscópicas se desprenden con el calor, el uso y el tiempo, y entran en el organismo a través de los alimentos, el aire y el polvo. Las embarazadas, sin saberlo, transmiten parte de esa carga a sus fetos.
Mientras los gobiernos debaten sobre límites permisibles, millones de bebés siguen naciendo antes de tiempo. Y detrás de cada estadística hay una incubadora, una madre angustiada y un futuro que empieza con desventaja. La ciencia ya ha sonado la alarma. Ahora falta que la política y la industria dejen de jugar al “golpea al topo” con nuestras hormonas y se tomen en serio la salud de las próximas generaciones.