El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aterrizó este miércoles en Pekín a las 19:52 hora local para iniciar una visita de Estado de tres días que estará dominada por las tensiones comerciales, la rivalidad tecnológica, la situación de Taiwán y la guerra en Irán.
Se trata de la segunda visita oficial de Trump a China, tras la realizada en 2017 durante su primer mandato, en un contexto internacional mucho más complejo y marcado por una creciente competencia estratégica entre ambas potencias.
El mandatario estadounidense llegó acompañado por el secretario de Estado, Marco Rubio, así como por destacados líderes empresariales del sector tecnológico y financiero, entre ellos Elon Musk, director ejecutivo de Tesla; Jensen Huang, de Nvidia; y Tim Cook, máximo ejecutivo de Apple.
Trump sostendrá este jueves una reunión oficial con el presidente chino, Xi Jinping, en medio de una frágil tregua comercial y nuevas fricciones relacionadas con semiconductores, inteligencia artificial y cadenas globales de suministro.
El viaje de 2017: la última etapa de cooperación antes de la confrontación
La visita actual inevitablemente revive el recuerdo del primer viaje de Trump a China, realizado en noviembre de 2017, cuando ambas potencias todavía mantenían una relación relativamente cordial y buscaban preservar una cooperación estratégica.
En aquella ocasión, Xi ofreció al mandatario estadounidense una recepción diplomática excepcional, descrita por medios estatales chinos como una “visita de Estado plus”, una categoría poco habitual reservada para socios considerados especialmente relevantes.
Uno de los momentos más simbólicos ocurrió cuando Xi y su esposa recibieron a Trump y a Melania Trump dentro de la Ciudad Prohibida, antiguo complejo imperial chino y uno de los espacios más emblemáticos del país.
El Gobierno chino diseñó entonces una ceremonia cargada de simbolismo destinada a impresionar a Trump y proyectar una imagen de respeto institucional y cercanía diplomática.
Comercio, Corea del Norte y tecnología dominaron la agenda
Durante aquella visita de 2017, los principales temas de discusión fueron el enorme déficit comercial de Estados Unidos con China, la presión de Washington para que Pekín actuara contra el programa nuclear de Corea del Norte, las inversiones bilaterales y la competencia económica y tecnológica.
Aunque Trump criticaba duramente las prácticas comerciales chinas, sorprendió al afirmar públicamente que no culpaba a Pekín por aprovecharse del sistema comercial internacional, sino a administraciones estadounidenses anteriores por permitirlo.
Uno de los anuncios más destacados fue la firma de acuerdos y memorandos de entendimiento valorados simbólicamente en unos 250 mil millones de dólares, enfocados en sectores como energía, aviación y manufactura.
Grandes corporaciones estadounidenses y chinas participaron en aquellos pactos, aunque varios de ellos nunca llegaron a concretarse plenamente.
De la cooperación a la guerra comercial
En 2017 todavía no había comenzado formalmente la guerra comercial entre ambas potencias. Trump y Xi mantenían una relación pragmática y ambas partes intentaban evitar una confrontación abierta.
Sin embargo, el escenario cambió rápidamente.
En 2018, la administración Trump impuso aranceles a productos chinos, medida que fue respondida por Pekín con represalias similares. A partir de ese momento comenzó oficialmente la guerra comercial entre las dos mayores economías del mundo.
Posteriormente, las tensiones se ampliaron al terreno tecnológico, especialmente con las restricciones estadounidenses sobre empresas como Huawei y los controles a la exportación de semiconductores avanzados.
Una relación ahora mucho más tensa
A diferencia de 2017, la visita actual ocurre en medio de una rivalidad mucho más estructural entre Washington y Pekín.
Además del conflicto comercial, ambas potencias mantienen disputas relacionadas con inteligencia artificial, cadenas de suministro estratégicas, seguridad tecnológica, Taiwán y la creciente competencia geopolítica en Asia y otras regiones.
La presencia en la delegación estadounidense de figuras como Musk, Huang y Cook refleja precisamente el peso central que hoy tienen la tecnología y las grandes corporaciones en la relación bilateral.
Muchos analistas consideran que el viaje de 2017 representó la última gran fase de “cooperación competitiva” entre China y Estados Unidos antes de que la rivalidad entre ambas potencias pasara a definir gran parte del escenario internacional actual.