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Cuba le dice a EE.UU. que se defenderá, pero al mismo tiempo le ofrece un diálogo

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Ginebra fue este lones el escenario de un mensaje dual desde La Habana. El canciller Bruno Rodríguez combinó una encendida defensa de la soberanía cubana con una oferta explícita de diálogo bilateral, en un discurso que buscó equilibrar la denuncia con la diplomacia.

En el marco del 58° período de sesiones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, el ministro cubano de Relaciones Exteriores tomó la palabra para enviar una señal clara a Washington: la isla resistirá las presiones, pero no cierra la puerta a entenderse con su histórico adversario.

"Defenderemos nuestro derecho con vigor y coraje"

La advertencia llegó sin ambages. "Defenderemos con vigor y coraje nuestro derecho a la libre determinación", proclamó Rodríguez ante los representantes de la comunidad internacional, en una intervención que situó a Estados Unidos como protagonista silencioso de su alegato.

El canciller centró parte de su discurso en lo que el gobierno cubano denomina "el cerco energético": las medidas adoptadas por Washington que, según La Habana, buscan estrangular el suministro de combustible a la isla. En particular, aludió a la amenaza de aranceles contra países que exporten petróleo a Cuba, una decisión que, advirtió, tendrá consecuencias humanitarias inevitables.

"¿Puede permitirse a una gran potencia intentar destruir a una pequeña nación, provocar una tragedia humanitaria, destrozar su cultura nacional? (…) Todo ello con el burdo pretexto de la seguridad nacional", cuestionó el canciller, en un momento de especial carga retórica de su alocución.

Rodríguez reconoció que la situación generará "privaciones y sufrimientos" para la población cubana, aunque expresó su confianza en que se encontrarán "soluciones creativas" para mitigar el daño humanitario. Un pronunciamiento que, si bien reconoce la gravedad del momento, evita cualquier atisbo de derrotismo.

La otra cara de la moneda: diálogo sin condiciones

Sin embargo, el mensaje cubano no se agotó en la confrontación. En un giro notable dentro de la misma intervención, el ministro aseguró que La Habana mantiene su disposición a sentarse a dialogar con Estados Unidos. Pero puso condiciones claras: cualquier acercamiento deberá estar basado en "el derecho internacional, el respeto mutuo, el beneficio recíproco, sin precondiciones ni injerencia en los asuntos internos".

El objetivo, según Rodríguez, sería "alcanzar una relación civilizada dentro de nuestras diferencias, e incluso promover la cooperación". Una fórmula que pretende conciliar la firmeza ideológica con el pragmatismo diplomático, en un momento en que la presión económica estadounidense se intensifica.

Un guiño a Minnesota

En un pasaje menos esperado de su discurso, el canciller cubano saludó la "resistencia comunitaria del pueblo de Minnesota", en una velada referencia a las protestas surgidas en ese estado en respuesta a las políticas migratorias del gobierno federal y las actuaciones del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE).

El gesto, aunque breve, refuerza la estrategia habitual de la diplomacia cubana de conectar su causa con movimientos sociales y comunidades específicas dentro de Estados Unidos, en un intento por construir puentes que sorteen la hostilidad institucional.

La intervención de Rodríguez en el Consejo de Derechos Humanos deja, en definitiva, una imagen de doble filo: Cuba se presenta como víctima de una política de asfixia, pero también como actor dispuesto al entendimiento, siempre que sea en sus propios términos. Un equilibrio delicado mientras la isla navega entre la crisis y la resistencia.