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Adiós a las playas italianas: el país corre el riesgo de perder el 45% de sus costas para 2100

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Roma.– Las postales de ensueño que muestran las playas de Cerdeña, la Costa Amalfitana o las dunas de Puglia podrían convertirse, en menos de un siglo, en recuerdos de un paraíso perdido. Un informe de la Universidad La Sapienza de Roma ha encendido todas las alarmas: Italia corre el riesgo de perder alrededor del 20% de sus playas para 2050 y un devastador 45% para 2100. La erosión costera, acelerada por el aumento del nivel del mar y la mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos, se ha convertido en una emergencia medioambiental de primer orden.

El país de la bota, con sus más de 8.000 kilómetros de costa, desde las largas franjas de arena hasta los espectaculares acantilados, ve cómo el mar avanza imparable. Las regiones de Cerdeña, Campania, Lacio y Apulia podrían perder más de la mitad de sus playas equipadas con servicios turísticos, según el estudio. “El aumento de las temperaturas, la subida del nivel del mar y los fenómenos extremos están redefiniendo los paisajes costeros, especialmente en las zonas bajas, y afectan los medios de vida de millones de personas”, advierten los investigadores.

El Arco de los Enamorados ya no está: el mar se llevó un símbolo

No es una amenaza lejana. A comienzos de este año, tras varios días de mal tiempo, la emblemática formación rocosa del Arco de los Enamorados en Puglia se desplomó al mar el día de San Valentín. Un símbolo de que la costa italiana se desmorona. Los acantilados y las costas rocosas quedan a merced de fuertes marejadas y desprendimientos, mientras las playas de arena sufren una erosión silenciosa pero letal.

Barreras, espigones y dunas: la carrera contrarreloj para frenar al mar

Decenas de municipios trabajan contrarreloj. Casi una quinta parte de la costa italiana ya cuenta con estructuras rígidas de defensa: espigones que se adentran en el mar para limitar el movimiento de sedimentos, y arrecifes sumergidos que amortiguan las olas. En febrero, la región de Puglia aprobó medidas estructurales por 16 millones de euros, incluyendo barreras sumergidas para frenar el oleaje. En Emilia Romaña, tras varios episodios de fuertes marejadas, se han destinado 19 millones de euros a reparar diques, reconstruir dunas y dragar tramos colmatados.

Pero estas soluciones tienen un precio oculto. Como advierte el Instituto Superior para la Protección e Investigación Ambiental (ISPRA), “estas estructuras limitan los impactos en puntos específicos, pero reducen la alimentación natural de las playas a lo largo de tramos enteros del litoral, al bloquear el transporte de sedimentos”. Es decir, proteger un tramo puede condenar al vecino.

La alternativa blanda: regenerar playas con arena importada

Ante los efectos secundarios de las estructuras rígidas, algunas regiones apuestan por medidas “blandas”. En Las Marcas, el municipio de Sirolo utilizó 156.000 metros cúbicos de arena y grava para regenerar 1.200 metros de costa en la bahía de San Michele. En Numana, se retiró un dique de abrigo y se emplearon 172.000 metros cúbicos de arena a lo largo de 1.500 metros. Es una carrera por devolver la arena que el mar se lleva, pero a un costo económico y ecológico elevado.

El ciclón Harry y la nueva normalidad: ¿una batalla imposible?

A medida que fenómenos extremos como el ciclón Harry se vuelven habituales, los expertos reclaman un enfoque más integral. “Conocer e integrar en los estudios futuros las estructuras existentes y los tramos de costa afectados es clave para aplicar herramientas más eficaces, como la planificación coordinada y la regeneración de playas”, concluye ISPRA.

Italia se enfrenta a una paradoja: sus playas son su tesoro turístico, pero también su línea de frente contra el cambio climático. La pregunta ya no es si el mar avanzará, sino cuánto estamos dispuestos a invertir para frenarlo, y qué partes de la costa elegiremos salvar. Porque, si las proyecciones se cumplen, para 2100 casi la mitad de las playas italianas serán solo un recuerdo en las postales amarillentas. El tiempo, y las mareas, corren en contra.