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Venezuela enfrenta costes de reconstrucción que podrían alcanzar los 17.376 millones de euros

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Caracas, Venezuela. – Más de una semana después de la catástrofe natural que ha devastado la zona donde se concentra el 65% de la población venezolana —cinco estados del centro-norte situados entre los últimos estertores de los Andes y la cordillera de la Costa—, los especialistas comienzan a evaluar los daños económicos, en un momento en que las probabilidades de encontrar más supervivientes se han vuelto prácticamente nulas.

La empresa de ingeniería estructural y gestión de desastres Miyamoto International, que ha trabajado en la reconstrucción de ciudades como Puerto Príncipe (Haití) y Christchurch (Nueva Zelanda) tras grandes terremotos, estima que los daños directos en Venezuela ascienden a 6.700 millones de dólares (5.792 millones de euros). Sin embargo, la firma advierte que el impacto económico total suele ser entre 1,5 y 3 veces mayor que esa cifra, lo que situaría los costes de reconstrucción en una horquilla de entre 10.050 y 20.100 millones de dólares (8.688 a 17.376 millones de euros).

Un desafío urbanístico y arquitectónico

La reconstrucción no puede abordarse únicamente desde una perspectiva económica, sino también urbanística y arquitectónica. Las autoridades venezolanas —o las entidades internacionales que aporten financiación— deberán decidir qué edificios conservar, cuáles demoler, qué materiales utilizar y cómo planificar las zonas que se levantarán desde cero. Sigfrido Herráez, decano del Colegio de Arquitectos de Madrid, subraya que «ese es un precio que hay que pagar sí o sí». En Japón, por ejemplo, la adaptación sísmica de un edificio unifamiliar encarece la estructura entre un 10% y un 20%, «pues imagínate en un edificio mayor», señala.

El municipio de La Guaira, a 25 kilómetros al norte de Caracas y asentado sobre el sistema de fallas de San Sebastián —en plena zona de contacto entre las placas del Caribe y Sudamericana—, ha sufrido cinco grandes sismos desde 1641, uno por siglo. La recurrencia del desastre parece inevitable, y la clave está en la adaptación. «Lo más importante es la flexibilidad. La Torre de Madrid tiene elementos de goma que permiten que el viento la varíe hasta 10 centímetros. Esos movimientos evitan que una estructura de hormigón se parta», explica Herráez.

Normativas incumplidas y vulnerabilidad estructural

Venezuela cuenta con el plan Covenin 1756-1, actualizado en 2019, que establece la normativa antisísmica tras el terremoto de Caracas de 1967. Sin embargo, muchos edificios no cumplen con los requisitos. El propio Gobierno reconoció en un informe del año pasado que «la situación de las construcciones en Venezuela, con respecto al cumplimiento de las normas de sismorresistencia, es realmente inquietante; un gran porcentaje de edificaciones antiguas y construidas de manera informal no cumplen con las normativas vigentes».

Entre los factores que agravan la vulnerabilidad, las autoridades señalan la mala calidad del hormigón y el acero, la modificación posterior de las edificaciones, la alta densidad de las ciudades afectadas y los sedimentos sobre los que se asienta Caracas, que amplifican los temblores.

Planificación antes de reconstruir

Herráez insiste en que la planificación urbanística debe preceder a la reconstrucción. «Lo que hay que hacer primero es un estudio concienzudo, tranquilo y realista de los daños. Determinar qué edificios hay que tirar porque pueden entrar en colapso y qué estructuras se pueden salvar. Una vez que se tiene ese plano real de lo que queda de la ciudad, hay que tomar decisiones urbanísticas: saber si queremos mayor o menor densidad, un plan de vivienda público para quienes se han quedado sin casa…».

«Seguramente en muchos de esos edificios es mejor tirarlo abajo, hacerlo nuevo y con más seguridad que mantener la chapuza y seguir reforzando grietas», concluye el decano.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) estima que hasta 6,8 millones de personas se han visto afectadas, incluyendo a 680.000 niños, según Unicef. La magnitud de la tragedia exige una respuesta que combine la urgencia humanitaria con una visión de largo plazo que garantice que las nuevas construcciones sean más seguras y resilientes ante futuros sismos.