Budapest.– La euforia se ha desatado en los mercados húngaros tras la victoria aplastante del partido Tisza y el fin de la era Orbán. El índice bursátil de Budapest subió casi un 5% el lunes, el florín se apreció a niveles no vistos desde febrero de 2022 y la rentabilidad de los bonos soberanos a diez años cayó del 7,52% al 6,21%. Los inversores confían en que el nuevo gobierno proeuropeo de Péter Magyar desbloquee los 17.000 millones de euros en fondos de la UE congelados por las disputas sobre el Estado de derecho, y que esa inyección impulse una economía que creció apenas un 0,3% en 2025.
Pero el optimismo choca con una realidad de vértigo: un déficit público cercano al 6% del PIB, una deuda elevada, una guerra energética en Oriente Medio que ha disparado los precios del crudo y una dependencia estructural de las importaciones rusas. Hungría importa cuatro quintas partes del petróleo que consume y dos tercios de su gas. El nuevo gobierno tendrá que caminar sobre una cuerda floja: mantener los topes de precios heredados de Orbán (que tensionan el presupuesto) o retirarlos (lo que frenaría el consumo). Como advierte Péter Ákos Bod, exgobernador del banco central, "los precios energéticos se mantendrán por encima de los niveles anteriores a Ormuz durante meses".
La factura de Orbán: un Estado sobredimensionado y un modelo de crecimiento agotado
El legado que recibe Magyar no es solo fiscal. El gasto en servicios generales del Estado (sin incluir salud o educación) alcanza el 10% del PIB, el doble que en otros países de Europa Central. La economía sigue dependiendo de operaciones de ensamblaje de bajo valor añadido de multinacionales, con poca innovación y un tejido de pymes debilitado. Las grandes inversiones extranjeras en baterías (CATL en Debrecen, Samsung SDI en Göd) generan presiones medioambientales y no han logrado arrastrar a las empresas locales.
Magyar ha prometido un "Nuevo Pacto Húngaro": reformas contra la corrupción, un sistema fiscal más progresivo (con impuestos a las grandes fortunas) y la introducción del euro para 2030. Pero Oxford Economics advierte que "una victoria electoral por sí sola será insuficiente para prolongar este impulso si no va acompañada de medidas firmes". La consolidación fiscal será inevitable, y eso podría lastrar la demanda interna a corto plazo.
El dilema energético: ¿subvencionar o dejar que suban los precios?
El gobierno de Orbán mantuvo los precios de la energía artificialmente bajos mediante subvenciones y topes. Ahora, con el petróleo por encima de los 90 dólares y el bloqueo de Ormuz, mantener esas ayudas costaría miles de millones adicionales. Pero retirarlas de golpe dispararía la inflación y el malestar social. La solución intermedia que plantean los analistas es una transición gradual, acompañada de un plan masivo de eficiencia energética. Bod es tajante: "El sistema actual no fomenta una visión a largo plazo. Debería incentivarse mucho más el ahorro que el consumo".
La clave: los fondos de la UE, pero con condiciones
El desbloqueo de los 17.000 millones de euros es la principal esperanza. Magyar ya se ha reunido con Ursula von der Leyen y ha prometido restaurar el Estado de derecho. Pero Bruselas exigirá reformas concretas y verificables. Incluso una liberación parcial y gradual, según Oxford Economics, podría añadir entre 0,5 y 0,7 puntos porcentuales al crecimiento anual del PIB entre 2027 y 2030. Moody’s ya ha adelantado que el cambio de gobierno es "positivo para la calificación crediticia".
El reto de fondo: reinventar el Estado y las pymes
Más allá de los fondos, Hungría necesita un cambio estructural. Bod reclama un apoyo decidido a las pequeñas y medianas empresas para que escalen en la cadena de valor, mejoren su digitalización y accedan a mercados exteriores. "Si vuelve el dinamismo a las pymes, esa sería la única salida al estancamiento", afirma. También describe el Estado como "sobredimensionado e ineficiente" y pide que se "reinvente".
Magyar tiene un margen de maniobra estrecho: su partido goza de una mayoría de dos tercios en el Parlamento, lo que le permite legislar sin ataduras. Pero las expectativas son altísimas. Los inversores han descontado ya el giro europeísta. Ahora toca la parte difícil: gobernar en medio de una crisis energética, con unas cuentas públicas en rojo y una sociedad que ha votado por el cambio, pero que no tolerará un ajuste traumático. El milagro húngaro, si llega, tendrá que ser gradual y quirúrgico. Y el reloj de Bruselas, mientras tanto, sigue corriendo.