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Roberto Sánchez supera a López Aliaga y se juega la segunda vuelta contra Keiko Fujimori

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Lima.– El tablero político peruano se ha movido con una pieza inesperada. Cuando todos los focos apuntaban a un duelo entre la derechista Keiko Fujimori y el ultraderechista Rafael López Aliaga, el voto lento pero implacable de las zonas rurales ha escrito un guion diferente. Con el 89,8% del escrutinio, el izquierdista Roberto Sánchez, próximo al expresidente Pedro Castillo, ha arrebatado el segundo lugar a López Aliaga y se enfila a disputar la segunda vuelta contra Fujimori. El resultado, aún preliminar, ha dejado a Perú con la respiración contenida.

Los números son ajustados pero elocuentes: Keiko Fujimori (Fuerza Popular) lidera con un 16,94% de los votos válidos (2.578.744 papeletas). Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) alcanza el 11,97% (1.822.961 sufragios), superando por apenas 5.018 votos a Rafael López Aliaga (Renovación Popular), que se queda con el 11,94% (1.817.943). En cuarto lugar, el centrista Jorge Nieto (Partido del Buen Gobierno) acecha con un 11,11% (1.692.400 papeletas). La diferencia entre el segundo y el cuarto es de menos de 130.000 votos, en una elección que ha mostrado una fragmentación histórica.

El factor rural: la demora que cambió la historia

La clave del vuelco ha sido el ingreso progresivo de votos provenientes de las zonas rurales, que tradicionalmente se contabilizan más lentamente. Estas papeletas, con un fuerte contenido social y de izquierda, han favorecido a Sánchez, quien ha escalado posiciones conforme se incorporaban los sufragios de los Andes profundos y la Amazonía. Lo que parecía un tercer lugar se convirtió en un segundo puesto, y el sueño de López Aliaga de disputar la segunda vuelta se desvaneció en la lentitud del conteo.

La jornada electoral, celebrada el domingo, estuvo marcada por retrasos en la apertura de centros de votación y problemas logísticos que obligaron a extender el proceso hasta el lunes en algunas regiones. Las denuncias de fraude —sin pruebas concluyentes hasta el momento— han añadido tensión a un ambiente ya de por sí crispado. Pero los observadores internacionales coinciden en que el lento escrutinio responde más a la geografía y a la falta de infraestructura que a irregularidades deliberadas.

Sánchez: el discípulo de Castillo que vuelve a la carga

Roberto Sánchez, un profesor y sindicalista de 58 años, fue ministro de Educación durante el fugaz gobierno de Pedro Castillo (2021-2022). Su cercanía al expresidente, hoy encarcelado y procesado por presunta corrupción, le ha granjeado tanto adhesión fiel como rechazo visceral. Pero Sánchez ha sabido capitalizar el descontento de las poblaciones rurales y empobrecidas, que ven en él una continuación de la promesa de "no más pobres en un país rico". Su discurso, centrado en la recuperación de la soberanía nacional y la redistribución de la riqueza, ha resonado en el sur andino y en los márgenes de la selva.

Fujimori, por su parte, hija del encarcelado expresidente Alberto Fujimori, busca su tercera oportunidad en una segunda vuelta. Lidera la intención de voto en las zonas urbanas y costeras, pero su imagen sigue polarizando al país entre quienes la ven como la garante del orden y la economía de mercado, y quienes la asocian a la corrupción y a las violaciones de derechos humanos de la década de 1990.

El escenario post-electoral: fragmentación, alianzas y desconfianza

El resultado provisional deja a Perú sumido en una incertidumbre política mayúscula. La segunda vuelta, prevista para dentro de seis semanas, será una batalla de narrativas: el neoliberalismo fujimorista contra el socialismo castillista, pero con un Sánchez que intenta desmarcarse de los escándalos de su antiguo jefe. Analistas advierten que el resultado final dependerá no solo de los votos restantes por contabilizar (un 10,2% aún no escrutado, que podría ajustar las posiciones), sino de la capacidad de los candidatos para construir alianzas con las fuerzas que quedaron fuera: López Aliaga (ultraderecha), Nieto (centro) y otros partidos menores.

El clima postelectoral es de desconfianza ciudadana. Las denuncias de fraude, aunque sin pruebas, han calado en un electorado que ya arrastra traumas de crisis políticas anteriores. La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) ha llamado a la calma y ha garantizado que el conteo final será transparente. Pero la paciencia de los peruanos, que han visto caer a cuatro presidentes en cinco años, está en su límite.

Lo que viene: una segunda vuelta de alto riesgo

La segunda vuelta enfrentará a dos modelos antagónicos: la mano dura fujimorista con el apoyo de las élites limeñas y el voto del miedo al "castillismo", frente a la promesa de cambio social de Sánchez, que buscará el respaldo de los sectores populares y de la izquierda moderada. López Aliaga, aunque eliminado, podría inclinar la balanza si decide apoyar a Fujimori, como todo indica. Pero el ultraderechista es impredecible y podría exigir cuotas de poder.

Mientras tanto, Perú sigue gobernado por una presidenta de transición, Dina Boluarte, que ha prometido entregar el mando al ganador de la segunda vuelta. El país, acostumbrado a los terremotos políticos, se prepara para seis semanas de campaña intensa, con acusaciones cruzadas y la sombra de nuevas protestas en las calles. El voto del campo ya cambió el rumbo una vez. En la segunda vuelta, todo está por escribirse. Y los peruanos, una vez más, observan el horizonte con la esperanza de que esta sea la última vez. Pero la historia les ha enseñado a no confiarse.