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El festival del falo: Japón celebra la fertilidad con humor, color y una tradición de 400 años que desafía los tabúes sexuales

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Kawasaki, Japón.– Mientras en gran parte del mundo la Semana Santa se vive con recogimiento, en las calles de Kawasaki, a las afueras de Tokio, la primavera estalló este domingo con una explosión de color rosa, música animada y una imagen que pocos esperarían ver en la conservadora sociedad japonesa: enormes altares fálicos desfilando entre multitudes. Es el Kanamara Matsuri, el festival anual de la fertilidad que cada año atrae a turistas, parejas y familias dispuestas a reírse de lo que normalmente se silencia.

La cita, que se remonta al periodo Edo (1603-1868), tiene una leyenda tan peculiar como su celebración: un demonio se escondía en los genitales de una mujer y mordía a dos hombres en sus noches de bodas. Para vencerlo, un herrero local forjó un falo de hierro que quebró los dientes del monstruo, liberando a las parejas. Desde entonces, el santuario Kanayama venera esa escultura de acero como símbolo de fertilidad, parto fácil y protección contra infecciones de transmisión sexual.

Un santuario que no se avergüenza: "Hay que romper tabúes"

El sacerdote principal, Hiroyuki Nakamura, explica que el festival no es una broma grosera, sino una celebración profunda: "Queremos cuestionar los tabúes en torno al sexo y poner de relieve los ciclos naturales de la vida". En un país donde la natalidad ha caído a mínimos históricos y la conversación sobre sexualidad sigue siendo a menudo incómoda, el Kanamara Matsuri se alza como un espacio de apertura y humor.

Durante el desfile, los participantes cargan tres mikoshi (altares portátiles) de distintos tamaños y colores, todos ellos con formas fálicas inequívocas. El más famoso es el "Kanamara-sama", un falo de acero negro que pesa más de 300 kilos y es llevado por hombres vestidos con taparrabos tradicionales. También hay un altar rosa gigante, dedicado a la donación de sangre y a la concienciación sobre el VIH, y otro de madera tallada que representa la fertilidad agrícola.

Turistas, parejas y… ¿niños? Sí, todo con naturalidad

Lo que sorprende a los visitantes occidentales es la naturalidad con la que familias enteras participan. Niños que comen piruletas con forma fálica, mujeres jóvenes que visten camisetas con estampados sugerentes, ancianas que ríen mientras arrojan dulces rosas al público. No hay morbo, sino una celebración de la vida y la procreación que, en Japón, se vive sin pudor.

Los puestos callejeros venden todo tipo de souvenirs: velas, llaveros, camisetas, incluso zanahorias talladas y pepinos encurtidos con forma de falo. El dinero recaudado se dona a la investigación del VIH y a organizaciones de salud sexual.

Un mensaje para Japón y el mundo: más humor, menos estigma

En un país que enfrenta una crisis demográfica y una sociedad que envejece rápidamente, el festival podría parecer una ironía. Pero sus organizadores insisten en que no se trata solo de hacer más bebés, sino de hablar abiertamente de sexo, placer y salud. "El humor y la apertura favorecen los vínculos más que el estigma", resume Nakamura.

Cada año, miles de personas, incluidos muchos extranjeros, se suman a la fiesta. El Kanamara Matsuri se ha convertido en un fenómeno turístico, pero también en un recordatorio de que la tradición y la modernidad pueden convivir con una sonrisa cómplice. Porque, como dice el refrán japonés que se repite ese día: "Donde hay un falo, hay un camino". Y en Kawasaki, ese camino está lleno de confeti rosa y risas contagiosas.