Más de cuatro años después del inicio de la invasión rusa a gran escala, Ucrania asiste a un fenómeno que desconcierta a los observadores internacionales pero que revela una verdad profunda sobre la condición humana: el deseo de hogar puede más que el miedo a la muerte. Según un informe de Save the Children, más de 1,6 millones de ucranianos han regresado a sus hogares en las regiones de primera línea —Járkov, Donetsk, Jersón y Sumy— a pesar de los bombardeos constantes, las minas terrestres y los combates activos.
La decisión, que a simple vista parece contraria a cualquier instinto de supervivencia, tiene una explicación desgarradora: para tres cuartas partes de los padres y cuidadores entrevistados, la nostalgia resultó ser un motor más poderoso que el miedo. Echar de menos su casa, su comunidad y sentirse aislados en los lugares de desplazamiento pesó más en la balanza que el riesgo real de ser alcanzados por un misil o un dron.
“Volver a una zona de guerra nunca es una decisión que se toma a la ligera”
Sonia Khush, directora nacional de Save the Children en Ucrania, admite que puede resultar difícil entender que familias con niños decidan regresar a la línea del frente. “A pesar del riesgo muy real para su seguridad, así como del enorme desgaste psicológico que supone vivir entre constantes alertas de ataques aéreos y el sonido de drones”, señala. Pero, añade, “el hecho de que las familias tomen estas desgarradoras decisiones revela el grave peaje que supone el desplazamiento”.
La segunda razón más importante para volver, después de la nostalgia, es el estrés económico. Muchos desplazados descubren que, aunque encuentran una relativa seguridad en los lugares a los que huyeron, no pueden sobrevivir económicamente lejos de sus oportunidades de ingresos y redes de apoyo habituales. “Volver a una zona de guerra nunca es una elección que nadie tome a la ligera”, subraya el informe.
Los niños: la razón silenciosa del regreso
Casi la mitad de los padres y cuidadores dijeron que habían regresado porque sus hijos se sentían infelices, estresados o solos en las comunidades de acogida. Los niños, desarraigados de sus escuelas, amigos y entornos familiares, sufren el desplazamiento con una intensidad que los adultos a veces subestiman. Para muchos padres, la decisión de volver fue, paradójicamente, un acto de amor: intentar devolver a sus hijos algo de la normalidad perdida, aunque sea bajo el sonido de las sirenas.
Las duras condiciones del retorno: educación, seguridad y salud mental
Los equipos de protección infantil de Save the Children han documentado las duras condiciones que enfrentan quienes regresan. El acceso a una educación de calidad es casi inexistente en muchas de estas zonas. Los servicios básicos, como zonas de recreo seguras para que los niños jueguen, han desaparecido. Y la angustia psicosocial por las frecuentes alertas aéreas y la exposición constante al conflicto deja cicatrices invisibles que pueden durar toda la vida.
“Es importante garantizar que los niños afectados por la guerra reciban la protección, los cuidados y las oportunidades que necesitan para reconstruir sus vidas dondequiera que decidan hacerlo, y evitar que una generación cargue de por vida con las cicatrices invisibles del conflicto”, afirma Khush.
Una guerra que no termina, una población que se resiste a huir
Transcurridos más de cuatro años de la guerra a gran escala de Rusia en Ucrania, unos 3,4 millones de personas siguen desplazadas dentro del país, mientras que 5,9 millones han buscado seguridad en el extranjero. En enero de 2026, casi 4,4 millones de ucranianos estaban registrados en la Unión Europea bajo el mecanismo de protección temporal. Pero también es significativo el número de quienes nunca se fueron: en diciembre de 2025, se estimaba que 9,1 millones de personas residían en las zonas de primera línea de Ucrania. La mayoría de ellos, 6,2 millones, nunca salieron de casa.
El retorno de 1,6 millones a zonas de guerra no es solo una estadística. Es un testimonio de que, para muchos ucranianos, el hogar no es solo un lugar físico, sino una red de afectos, memorias y comunidad que ningún bombardeo puede borrar. Y mientras la guerra continúa, ellos eligen quedarse o regresar, desafiando la lógica de la supervivencia con una determinación que solo puede entenderse desde el amor a la tierra que los vio nacer.