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Emmanuel Macron y Sanae Takaichi lanzan un llamado a la paz en Ormuz

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Tokio.– En un escenario geopolítico donde las guerras se multiplican y las alianzas se reconfiguran, Francia y Japón alzaron este miércoles la voz por la estabilidad del estrecho de Ormuz, la arteria energética por donde fluye gran parte del petróleo que mueve al mundo. Tras una reunión en Tokio, el presidente francés, Emmanuel Macron, y la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, exigieron “el retorno a la paz, un alto el fuego y la calma y el libre tránsito” por esa vía marítima, actualmente bloqueada en el marco de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán.

“Ante todo, ambos creemos en el derecho internacional, en el orden internacional basado en la Carta de las Naciones Unidas, y también en los valores democráticos que defendemos”, declaró Macron ante la prensa, en una intervención que situó la crisis de Oriente Medio en el centro de las preocupaciones globales.

Un estrecho que asfixia a Japón

La urgencia de Takaichi no es retórica. Japón importa cerca del 90 % de su crudo de Oriente Medio, y el bloqueo de Ormuz ha desatado una tormenta energética en el archipiélago. Los precios de los combustibles han alcanzado máximos históricos, obligando al gobierno nipón a liberar millones de barriles de sus reservas estatales y a subvencionar a las petroleras para contener el impacto en los consumidores.

“En el entorno de la seguridad internacional cada vez más complejo, la cooperación con países afines, incluida Francia, que ostenta la presidencia del G7, cobra aún mayor importancia”, aseguró Takaichi, dejando claro que Tokio busca en París un socio estratégico para navegar las aguas turbulentas del conflicto.

La sombra de Trump: “Arréglense por su cuenta”

Las declaraciones de ambos líderes adquieren una dimensión añadida a la luz de las recientes afirmaciones del presidente estadounidense, Donald Trump. Este martes, en una conferencia de prensa en la Casa Blanca, Trump anunció que Estados Unidos planea retirarse de Irán en dos o tres semanas y dejará de lado “las responsabilidades directas sobre la seguridad de Ormuz”.

“Lo que pasa en el estrecho no será asunto nuestro. Podrán abastecerse y arreglárselas por su cuenta”, sentenció el mandatario, sugiriendo que naciones como China, Francia u otros países interesados en la región deberán asumir la seguridad de una ruta por donde transita cerca del 20 % del petróleo consumido globalmente.

La declaración de Trump representa un cambio de paradigma en la política exterior estadounidense. Durante décadas, Washington actuó como garante implícito de la libre navegación en el Golfo Pérsico. Ahora, con la guerra contra Irán en curso y la promesa de un repliegue inminente, el vacío de poder amenaza con reconfigurar por completo el equilibrio estratégico en una de las regiones más volátiles del planeta.

La vía diplomática como contrapeso

En ese contexto, el mensaje de Macron y Takaichi adquiere el carácter de una declaración de principios. Ambos líderes reafirmaron su compromiso con el derecho internacional y la Carta de la ONU como marcos innegociables para resolver el conflicto. Sus ministros de Defensa y Exteriores, que se reunieron previamente, se comprometieron a buscar una “pronta desescalada” de la guerra, conscientes de que cada día de bloqueo en Ormuz profundiza la crisis energética global y tensa las economías dependientes del crudo de la región.

Francia, que ostenta la presidencia rotatoria del G7, ha asumido un papel de intermediación activa en las últimas semanas, buscando espacios de diálogo que contrarresten la dinámica belicista impulsada por Washington y Tel Aviv. Japón, por su parte, ve en París un aliado natural para defender el libre comercio y la estabilidad de las rutas marítimas que son vitales para su supervivencia económica.

Un nuevo orden en el Golfo

La cumbre de Tokio deja sobre la mesa una pregunta de enormes consecuencias: ¿quién garantizará la seguridad del estrecho de Ormuz cuando Estados Unidos se retire? La respuesta tentativa de Macron y Takaichi apunta a una alianza de países con intereses comunes, que podría incluir a potencias asiáticas y europeas, y que buscaría llenar el vacío dejado por Washington sin caer en una confrontación directa con Irán.

Mientras tanto, el reloj corre. Las aguas del Golfo permanecen cerradas, los precios de la energía siguen escalando y la guerra en Oriente Medio no muestra señales de amainar. En ese escenario, el llamado a la paz de dos líderes en Tokio es un faro en medio de la tormenta. Pero, como bien sabe la historia, los faros iluminan, pero no siempre evitan el naufragio.