Miles de venezolanos salieron este sábado a las calles de Santiago para celebrar, entre aplausos, cánticos, lágrimas y banderas, la captura del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, por parte de Estados Unidos. Las concentraciones, que se extendieron durante horas, estuvieron marcadas por un clima de euforia contenida, esperanza y emoción, así como por el deseo reiterado de volver a una patria que muchos abandonaron hace años.
Desde primeras horas de la mañana, los manifestantes comenzaron a reunirse en puntos emblemáticos de la capital chilena, como el Parque Almagro, en el centro de la ciudad, y la zona conocida popularmente como “Little Caracas”, en el barrio de Estación Central, un sector identificado por su alta concentración de migrantes venezolanos. Allí se escucharon consignas a favor del fin del chavismo, oraciones colectivas y mensajes de agradecimiento a los países que acogieron a la diáspora venezolana.
“Después de tantos años de dictadura, esto tenía que pasar. Hoy sentimos que Venezuela vuelve a respirar”, expresó Alfonso González, quien vive en Chile desde hace ocho años. Con una bandera tricolor sobre los hombros, aseguró que su mayor anhelo es reencontrarse con su familia, a la que no ve desde que emigró. “Ahora sí sentimos que podremos volver y abrazar a los nuestros”, dijo.
El sentimiento se repetía entre decenas de personas que, con los ojos enrojecidos por el llanto, describían la noticia como un punto de inflexión. Betania Pérez, otra manifestante, afirmó que aunque el futuro político del país aún es incierto, la detención de Maduro representa “un avance enorme”. “No sabemos qué pasará exactamente, pero esto ya es una victoria después de tantos años de sufrimiento”, señaló.
Para muchos, la jornada tuvo un fuerte componente espiritual. Varias personas agradecieron públicamente a Dios y a figuras de la oposición venezolana por lo que consideran el inicio del fin de un ciclo político. “He llorado como nunca. Son ocho años fuera de mi país. Chile nos abrió las puertas y hoy sentimos que todo ese sacrificio empieza a tener sentido”, comentó una mujer que prefirió no revelar su identidad.
La comunidad venezolana se ha convertido en los últimos años en la mayor población migrante de Chile, superando incluso a la peruana, que históricamente lideró ese ranking. De acuerdo con cifras oficiales, cerca de 730,000 venezolanos residen actualmente en el país, la mayoría en la Región Metropolitana de Santiago.
Entre los asistentes también se encontraban jóvenes que salieron de Venezuela siendo casi adolescentes. Génesis, quien lleva una década fuera de su país, confesó que su mayor deseo siempre ha sido regresar. “Todo este tiempo he pensado en volver, en reconectar con mi cultura, con mi gente. Hoy siento que ese sueño puede estar más cerca”, dijo.
Otros expresaron gratitud hacia los países que han recibido a los más de ocho millones de venezolanos que, según estimaciones internacionales, han emigrado en la última década. “La migración no fue una elección, fue una obligación. Aun así, hemos trabajado y aportado donde hemos llegado”, afirmó María Carolina Mendoza, con el rostro pintado con los colores de la bandera venezolana.
Traslado a Estados Unidos y reacción del Gobierno chileno
La celebración en Santiago se produjo pocas horas después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, confirmara que Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados en una operación militar a gran escala en Caracas y están siendo trasladados a Nueva York para enfrentar cargos judiciales.
En contraste con la euforia mostrada por la comunidad venezolana en Chile, el presidente chileno, Gabriel Boric, reaccionó a los acontecimientos con un mensaje de cautela. En una publicación en redes sociales, condenó los ataques militares y sostuvo que la crisis venezolana debe resolverse “a través del diálogo, el multilateralismo y el respeto al derecho internacional”, y no mediante la violencia o la intervención extranjera.
Mientras el debate político continúa a nivel internacional, en las calles de Santiago la jornada estuvo dominada por un sentimiento compartido: la esperanza de que, tras años de exilio forzado, el regreso a casa deje de ser solo un anhelo y se convierta en una posibilidad real.