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¿Puede ganar Trump una guerra contra Irán sin crear otro Irak?

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El presidente estadounidense lanza la operación más trascendental de su segundo mandato con un objetivo ambiguo y un cronograma incierto. Tras eliminar al líder supremo Jamenei y a gran parte de la cúpula militar, Washington enfrenta represalias crecientes, bajas propias y el fantasma de un conflicto interminable. Mientras Trump llama al pueblo iraní a tomar el poder, el Pentágono niega buscar un cambio de régimen.

Washington — La decisión llegó en el aire, a bordo del Air Force One, mientras Donald Trump se dirigía a un mitin en Texas. Era viernes y el presidente acababa de perder la paciencia: las negociaciones en Ginebra no avanzaban, Irán acumulaba uranio enriquecido para once bombas y los servicios de inteligencia advertían que Israel estaba a punto de atacar con o sin apoyo estadounidense. Trump ordenó el inicio de la operación "Furia Épica". Horas después, mientras visitaba una hamburguesería, los primeros misiles caían sobre Teherán.

El ataque del sábado, lanzado a plena luz del día para tomar desprevenido al régimen, logró su objetivo principal: el ayatolá Alí Jamenei, líder supremo desde 1989, murió junto a buena parte de la cúpula militar iraní. Pero lo que debía ser un golpe quirúrgico amenaza con convertirse en una guerra regional de consecuencias impredecibles.

De la cautela a la ofensiva total

Durante meses, Trump se mostró reacio a dar el paso. En junio de 2025, cuando ordenó bombardear tres instalaciones nucleares iraníes, aseguró que conocía el escondite de Jamenei pero descartó eliminarlo para no desestabilizar la región. El republicano, que en campaña prometió acabar con las "guerras eternas", parecía haber aprendido la lección de Irak y Afganistán.

Dos factores cambiaron el cálculo. El primero fue el éxito de la operación en Venezuela en enero, donde el régimen de Nicolás Maduro fue derrocado sin bajas estadounidenses. El segundo, la débil respuesta iraní a los ataques de 2025, que convenció a Washington de que Teherán no estaba dispuesto a una escalada mayor.

A eso se sumó la presión constante de Benjamin Netanyahu. El primer ministro israelí llevaba meses reclamando una acción conjunta para descabezar al régimen, y los servicios de inteligencia israelíes proporcionaron información clave sobre los movimientos de Jamenei.

El último intento diplomático

La Casa Blanca aseguró hasta el final que prefería una solución negociada. Los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner mantuvieron el jueves en Ginebra lo que sería la última ronda de conversaciones con el ministro iraní Abás Araqchí, quien salió del encuentro con gesto satisfecho.

Horas después, Trump tomaba la decisión definitiva. Según fuentes estadounidenses, Irán había rechazado una oferta de combustible nuclear gratuito a cambio de renunciar por completo al enriquecimiento de uranio. En su lugar, Teherán acumulaba material para once bombas atómicas, una cifra que podría llegar a cincuenta en un año.

El secretario de Estado, Marco Rubio, justificó la ofensiva como un acto preventivo: "Sabíamos que Israel iba a atacar y que Irán planeaba responder contra bases estadounidenses. Si no golpeábamos primero, nuestras bajas habrían sido mucho mayores".

La guerra que nadie quería

El ataque sorpresa destruyó el cuartel general de Jamenei y eliminó a decenas de comandantes militares. Pero también causó víctimas civiles, entre ellas 165 niñas en una escuela de Minab, un hecho que ha conmocionado a la comunidad internacional y que organizaciones de derechos humanos califican como crimen de guerra.

Irán respondió con ataques aéreos contra Israel y bases estadounidenses en varios países del Golfo. Un dron impactó en una instalación británica en Chipre, la embajada de EE.UU. en Riad fue atacada el lunes, y Hizbulá ha abierto un nuevo frente en el sur de Líbano con misiles sobre Tel Aviv.

Al menos seis militares estadounidenses han muerto en las represalias, y Trump admite que habrá más bajas. Un escenario que pone contra las cuerdas al presidente de cara a las elecciones de medio mandato de noviembre, donde los republicanos defienden su exigua mayoría en el Congreso.

El riesgo de otro Irak

La oposición demócrata denuncia que la operación no fue notificada debidamente al Congreso, único órgano facultado para declarar la guerra. También critica el caos en la evacuación de ciudadanos estadounidenses de la quincena de países donde Washington ha recomendado abandonar la región.

Pero el mayor desafío es estratégico. La Casa Blanca emite mensajes contradictorios sobre el objetivo final: Trump ha llamado al pueblo iraní a tomar el poder, mientras el Pentágono insiste en que no busca un cambio de régimen. El presidente afirma que la ofensiva podría durar "semanas", aunque el Ejército matiza que no será un conflicto "interminable" como la invasión de Irak de 2003.

Washington diseñó una operación de cuatro o cinco semanas para destruir el programa de misiles iraní, su marina y su capacidad nuclear. Pero con Irán atacando en múltiples frentes y Hizbulá sumándose a la contienda, el cronograma inicial parece ya una ficción.

Los próximos días demostrarán si Trump logró asestar un golpe mortal al régimen o si, por el contrario, abrió la puerta a un conflicto regional que podría durar años. La historia reciente de Oriente Medio no invita al optimismo.