En los últimos años, la palabra sororidad se ha convertido en una especie de bandera moral. Muchas la levantan con fuerza, pero pocas —muy pocas— la practican con coherencia. Entre ese ruido, ha surgido una figura cada vez más común: la mujer que solo aplica la sororidad cuando le conviene, cuando la otra es más “segura” para su ego, cuando no representa ninguna amenaza, cuando cabe dentro de su necesidad de sentirse superior.
A ese fenómeno lo llamo sororidad selectiva.
¿En qué consiste esta sororidad selectiva?
Es el “apoyo” que solo se ofrece a:
• Las feas.
• Las descuidadas.
• Las que bajan la cabeza.
• Las que aplauden todo, aunque no admiren nada.
• Las que no representan ningún tipo de competencia.
Con esas, la falsa sorora abraza, postea, clama solidaridad, y hasta se viste de empatía. Pero cuando aparece una mujer que:
• Se ve bien.
• Se cuida.
• Es inteligente.
• Produce.
• Aporta.
• No pide permiso para brillar…
Ahí se les acaba la sororidad. El discurso se agrieta.
La máscara cae rápido
Estas mujeres promueven teorías de apoyo, hablan de “hermandad femenina” y hasta citan frases motivadoras; sin embargo, por detrás trabajan para excluir, denigrar, sembrar duda y desmeritar los logros de otras mujeres que no pueden controlar.
Su problema no es “apoyar a la mujer”, su problema es apoyar a cualquier mujer que no puedan manipular, que no necesite su validación, que no viva en función de sus inseguridades.
Ahí comienza el veneno:
• La crítica disfrazada de consejo.
• El comentario pasivo-agresivo.
• La burla soterrada.
• La intriga para dañarle reputación a quien, simplemente, no se somete.
No es sororidad: es competencia mal gestionada
Lo que muchas venden como “sororidad” no es más que:
• Inseguridad emocional.
• Complejos acumulados.
• Ansias de protagonismo.
• Necesidad de sentirse superiores.
Las verdaderas alianzas entre mujeres no nacen de la conveniencia ni de la superioridad, sino del respeto. Y el respeto no distingue belleza, éxito, peso, nivel académico o estilo. Las mujeres que saben quiénes son —y que no necesitan apagar a otras— no se sienten amenazadas por la luz ajena.
El problema del falso feminismo
El feminismo se debilita cuando lo utilizan como disfraz quienes, en el fondo, reproducen lo mismo que critican: misoginia, competencia destructiva, violencia simbólica y exclusión.
El movimiento no se creó para proteger egos frágiles, sino para abrir espacios, equilibrar oportunidades y cuestionar patrones que siempre han limitado a las mujeres.
Pero estas “sororas selectivas” toman el discurso para posicionarse, no para transformar.
La verdadera sororidad es otra cosa
La verdadera sororidad no depende de si otra mujer es bonita o fea, exitosa o anónima, dócil o de carácter fuerte.
La verdadera sororidad consiste en:
• No traicionar.
• No inventar historias para destruir.
• No lanzar intrigas en grupos privados.
• No practicar la violencia simbólica contra quienes no pueden controlar.
• No disfrazar envidia de reivindicación.
La verdadera sororidad es ética, no estética.
Conclusión
Cuando una mujer solo “apoya” a las que no la desafían, no es sorora: es estratega de su propia inseguridad. No lucha por las mujeres, lucha contra las que la recuerdan de lo que carece.
Es importante identificarlo para dejar de premiar esa doble moral, esa manipulación emocional y ese falso discurso que solo sirve para dividir más.
La sororidad auténtica no teme a la belleza, al éxito ni a la autonomía. Y si tu brillo molesta, no es tu luz el problema: es la sombra en la que ellas viven.