En un país donde las balas dictan el ritmo de la vida y las pandillas dibujan el mapa del terror, ahora es el bolsillo de los haitianos el que recibe un nuevo golpe. El gobierno de Puerto Príncipe anunció este jueves un aumento drástico en los precios de los combustibles, una decisión que llega en el peor momento posible: mientras la violencia se expande por el interior y la comunidad internacional demora el despliegue de la fuerza prometida por la ONU.
La gasolina, que costaba 570 gourdes por galón (4,38 dólares), pasará a venderse a 725 gourdes (5,57 dólares). El gasóleo salta de 620 gourdes (4,76 dólares) a 850 gourdes (6,53 dólares). El keroseno, utilizado por miles de familias para cocinar y alumbrarse en zonas sin electricidad, se encarece de 615 a 845 gourdes por galón. En un país donde el salario mínimo ronda los 700 gourdes diarios, estos números dibujan una realidad paralizante.
Austeridad en tiempos de guerra importada
La decisión, anunciada por los ministerios de Economía y Comercio, no es caprichosa. Haití importa el 100% de los derivados del petróleo que consume, y la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha disparado los precios internacionales del crudo, dejando al país caribeño en una encrucijada fiscal insostenible.
Horas antes del anuncio, el gobierno había presentado un paquete de medidas de austeridad que incluye la prohibición de adquirir nuevos vehículos para el Estado y la reducción de los créditos de combustible asignados a las instituciones públicas. “Buscamos controlar el gasto público, preservar la estabilidad económica y garantizar la continuidad de los servicios esenciales”, justificaron las autoridades.
Pero en Haití, donde el Estado apenas logra hacerse presente en vastas regiones controladas por bandas armadas, la palabra “estabilidad” suena a espejismo.
Transporte público: el detonante silencioso
El anuncio dejó fuera una variable que en Haití suele ser el detonante de explosiones sociales: las tarifas del transporte público. En la capital y sus alrededores, los conductores de camionetas y mototaxis suelen duplicar —y en ocasiones triplicar— sus precios cada vez que sube el combustible, sin que exista regulación efectiva que lo impida.
La historia reciente del país está marcada por protestas que comenzaron con un aumento en la gasolina. La última subida significativa se remonta a septiembre de 2022, bajo el mandato del entonces primer ministro Ariel Henry, y desató semanas de manifestaciones que paralizaron ciudades enteras. Ahora, con la violencia extendida y el Estado desbordado, el escenario podría ser aún más volátil.
El costo invisible: inflación y desabastecimiento
Los economistas locales advierten que el aumento en los combustibles tendrá un efecto dominó inevitable: encarecerá el transporte de alimentos y mercancías, disparará los precios en los mercados y profundizará la crisis humanitaria que ya afecta a más de la mitad de la población. En un país donde el 60% de los haitianos sobrevive con menos de 3 dólares al día, cada gourde que sube el combustible se traduce en menos comida sobre la mesa.
La decisión se produce además en un momento de máxima fragilidad institucional. Mientras la nueva Fuerza de Represión de las Pandillas (FRG) de la ONU demora su despliegue, las bandas armadas consolidan su control en Artibonite —donde el domingo asesinaron a más de 70 personas— y el gobierno de transición lucha por demostrar que tiene capacidad de gobernar más allá de los comunicados oficiales.
Un país en la cuerda floja
Haití ha soportado terremotos, huracanes, asesinatos de presidentes y pandemias. Pero esta vez, la tormenta es perfecta: violencia armada que no da tregua, una comunidad internacional que promete pero no llega, y ahora una inflación importada que castiga a los más pobres sin red de contención.
El gobierno anunció medidas de austeridad, pero no habló de subsidios para los sectores más vulnerables. Anunció controles de gasto, pero no explicó cómo hará llegar combustible a las ambulancias, hospitales y centros de agua potable que dependen del diésel. El silencio sobre el transporte público es, quizás, el más elocuente de todos.
Los haitianos conocen esta secuencia: el combustible sube, el transporte se dispara, los alimentos se encarecen, y la calle, siempre la calle, termina siendo el único espacio donde se expresan los que ya no tienen nada que perder. La pregunta hoy en Puerto Príncipe, en Artibonite, en Cabo Haitiano, no es si habrá protestas. Es cuándo comenzarán.