La icónica transformación de Jim Carrey en el Grinch para la película de Ron Howard en el año 2000 esconde una de las experiencias más extremas jamás vividas por un actor en Hollywood, un relato de sacrificio físico y psicológico que casi hace abandonar el proyecto a su protagonista.
Una prueba de resistencia extrema
Carrey soportaba entre 3 y 8 horas diarias de maquillaje para encarnar al personaje. El traje, hecho de pelo de yak, resultaba asfixiante; las prótesis faciales limitaban su respiración y los lentes de contacto le dificultaban la visión. Tras el primer día de rodaje, un abrumado Carrey ofreció devolver sus 20 millones de dólares para renunciar al papel.
La intervención inusual: un instructor de la CIA
Ante la crisis, la producción recurrió a una medida desesperada: contratar a Richard Marcinko, excomandante de los Navy SEAL e instructor de técnicas de resistencia y supervivencia de la CIA. Marcinko entrenó a Carrey con métodos poco ortodoxos: desde golpearse la pierna o a un compañero hasta cambios bruscos de entorno y el consumo constante de cigarrillos —que requería un portacigarrillos largo para evitar incendiar el pelaje de yak—.
Entre la agonía y la catarsis
Carrey describió escenas en las que, entre tomas, yacía en el suelo hiperventilando, usando una bolsa de papel para recuperar el aliento. Encontró un refugio inesperado en la música de los Bee Gees, cuyo catálogo completo escuchaba durante las sesiones de maquillaje para mantener la cordura.
El legendario maquillador Rick Baker reveló que el estudio había propuesto simplemente pintar de verde al actor, pero tanto él como Carrey insistieron en una transformación prostética completa para lograr autenticidad, aun a costa del bienestar del intérprete.
Un legado de sacrificio
Más de dos décadas después, Carrey reflexiona sobre la experiencia como un acto de amor por el público infantil —“Es para los niños”, se repetía—, pero asegura que solo volvería al personaje mediante captura de movimiento. Su testimonio permanece como un crudo recordatorio del precio humano que a veces exige la magia del cine.