En las últimas décadas, la política ha experimentado una transformación silenciosa, pero profunda: el desplazamiento del servicio público hacia la obsesión por la imagen. Cada vez más funcionarios actúan como si su principal tarea fuera ser vistos y no servir, reduciendo la gestión pública a un catálogo de apariciones, poses y “contenido” para redes sociales. En este escenario, lo superficial reemplaza a lo esencial, y la comunicación política pierde su razón de ser: informar con transparencia y orientar ciudadanía.
Cuando el cargo se convierte en un espejo
Un funcionario que vive para la cámara y la validación pública termina convirtiendo la administración en una pasarela. Se obsesiona con:
• Fotografías con posturas ensayadas.
• Frases vacías que suenan bien pero no explican nada.
• Escenografías montadas para simular eficiencia.
• Eventos donde importa más la tarima que los resultados.
El problema no es comunicar —comunicar es necesario—, sino comunicar sin sustancia, donde la forma existe pero el fondo desaparece.
La superficialidad como estrategia
La superficialidad no es casual. Es conveniente. Vender apariencia es más rápido que construir soluciones. En vez de asumir responsabilidades, algunos funcionarios prefieren:
• Vender cercanía sin escuchar.
• Promover actividades sin sentido técnico.
• Convertir cada visita institucional en un “momento instagramable”.
• Priorizar la estética antes que el impacto social.
El resultado: la ciudadanía recibe una narrativa bonita, pulida, aspiracional… pero vacía. Un servicio público que se ve bien, aunque funcione mal.
Una gestión sin profundidad
Los servicios públicos no se fortalecen con poses. Se fortalecen con planificación, ejecución y seguimiento. Requieren criterio, claridad y compromiso. Pero cuando la gestión se centra en la autopromoción:
• Las políticas se improvisan.
• Las prioridades se distorsionan.
• Las instituciones se convierten en vitrinas personales.
• El interés colectivo se subordina al ego individual.
Y lo más grave: se normaliza que la administración pública sea un “branding personal” financiado con recursos del Estado.
Comunicar no es maquillar
El valor de un funcionario no está en cuántas veces aparece, sino en la coherencia entre lo que comunica y lo que ejecuta. La comunicación pública debe explicar, orientar, educar, detallar procesos, aclarar dudas. Sin embargo, cuando se usa para camuflar vacíos, solo se profundiza la desconfianza hacia la clase política.
La demanda ciudadana ya no es por más fotos, sino por más claridad, más resultados y más rendición de cuentas.
Un llamado a la responsabilidad
El servicio público exige modestia, criterio y disciplina. Un funcionario no está para ser estrella de portada, sino para resolver problemas, garantizar derechos y fortalecer instituciones. Volver a la esencia requiere:
• Menos protagonismo individual.
• Más capacidad técnica.
• Menos estética.
• Más profundidad.
• Menos narrativa superficial.
• Más resultados verificables.
El Estado no es una pasarela; es una estructura de trabajo. Y quien ocupa un cargo público debe entender que su figura es circunstancial, pero el impacto de su gestión es permanente.