Tras la intervención militar estadounidense que resultó en la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, el presidente Donald Trump ha presionado públicamente para que las grandes petroleras estadounidenses retomen la extracción en el país suramericano. Sin embargo, el entusiasmo político contrasta con una realidad industrial marcada por la cautela, los altos costos y un horizonte de inversión que se mide en décadas.
Barreras estructurales: inversión, tecnología y tiempo
Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo (303.000 millones de barriles), pero su explotación requiere superar obstáculos críticos:
- La mayoría del crudo es extrapesado, ubicado en la Faja del Orinoco, lo que exige tecnología avanzada y capital intensivo.
- La producción ha caído de 3,5 millones de barriles diarios en los años 90 a apenas 1 millón actual, debido a sanciones, mala gestión y crisis económica.
- Según análisis de Rystad Energy, revitalizar el sector requeriría entre 8.000 y 9.000 millones de dólares anuales durante 14 años consecutivos.
“El horizonte temporal para este tipo de inversión se mide en décadas, no en años”, advierte Mark Jones, catedrático de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Rice.
Desconfianza industrial: el recuerdo de las nacionalizaciones
El escepticismo de las petroleras tiene raíces históricas:
- En 2007, el gobierno de Hugo Chávez nacionalizó los yacimientos, forzando a empresas extranjeras a ceder el control mayoritario a PDVSA o abandonar el país.
- Chevron es la única estadounidense que permanece, aportando alrededor del 27% de la producción nacional actual (unos 242.000 barriles diarios).
- Otras grandes como ExxonMobil y ConocoPhillips se mantienen al margen, desconfiando de la estabilidad política y de posibles repeticiones de medidas estatizantes.
Incluso antes de la intervención, reportes de CNN y Politico señalaban que las petroleras ya habían expresado a la Casa Blanca su falta de interés en invertir en Venezuela.
Impacto limitado en el mercado y malestar interno en EE.UU.
Expertos señalan que un aumento moderado de la producción venezolana tendría un efecto mínimo en los precios globales, especialmente con el crudo rondando los 69 dólares por barril, su nivel más bajo desde 2020.
Además, la insistencia de Trump genera malestar en la industria local estadounidense, que perfora menos debido a los bajos precios y ve en la promoción venezolana una desviación de inversiones y empleos.
“En lugar de mantener precios adecuados aquí, estamos enviando empleos y ganancias al extranjero”, critica Kirk Edwards, consejero delegado de una empresa energética de Texas.
Conclusión: entre la retórica política y la realidad económica
Mientras Trump presenta a Venezuela como una oportunidad estratégica para EE.UU., la industria petrolera responde con cálculo y precaución, priorizando la seguridad de las inversiones a largo plazo sobre los discursos de corto plazo. La reactivación petrolera venezolana, si ocurre, será un proceso lento, costoso y condicionado a garantías políticas y jurídicas que aún no existen.