Un estudio publicado en The Lancet Oncology revela que el número de nuevos diagnósticos pasará de 2,3 millones en 2023 a más de 3,5 millones en 2050, mientras que los fallecimientos se dispararán de 764.000 a 1,4 millones. La brecha entre naciones ricas y pobres se ensancha: aunque los países de bajos ingresos concentran menos casos, registran el 45% de la mortalidad. Los autores piden acceso equitativo a la atención y voluntad política para cerrar la grieta.
Londres — El cáncer de mama sigue siendo la primera causa de muerte oncológica entre mujeres, pero su impacto está lejos de ser homogéneo. Un nuevo análisis del Global Burden of Disease Study Breast Cancer Collaborators, publicado este martes en The Lancet Oncology, proyecta un futuro alarmante: los casos aumentarán un 34% en 2050, mientras que las muertes crecerán un 44%, impulsadas por el "desproporcionado" efecto de la enfermedad en los países de renta baja.
Las cifras globales son escalofriantes: se pasará de 2,3 millones de nuevos diagnósticos en 2023 a más de 3,5 millones en 2050, y los fallecimientos ascenderán de 764.000 a 1,4 millones. Detrás de estos números, sin embargo, se esconde una realidad de profundas desigualdades.
El espejismo de los promedios
En 2023, el 73% de los nuevos casos se diagnosticaron en países de ingresos altos y medios-altos, naciones como Mónaco, Andorra, Francia, Alemania o Irlanda, que registran hasta 100 casos por cada 100.000 mujeres. En el extremo opuesto, países como Afganistán, Somalia o Mozambique apenas alcanzan los 13 casos por cada 100.000.
Pero la incidencia es solo una cara de la moneda. La mortalidad cuenta otra historia: el 39% de las muertes por cáncer de mama ocurrieron en países de ingresos bajos y medios-bajos. Las mujeres de estas regiones representan el 27% de los nuevos casos globales, pero soportan más del 45% de toda la mala salud y muertes prematuras asociadas a la enfermedad, lo que equivale a casi 11 millones de años de vida saludable perdidos.
La tendencia es aún más preocupante. Desde 1990, las tasas estandarizadas por edad de nuevos casos han aumentado un 147% de media en los países de ingresos bajos, mientras se mantenían estables en los ricos. En el mismo período, la mortalidad cayó un 30% en las naciones desarrolladas y prácticamente se duplicó en las más pobres.
Factores de riesgo y prevención
El estudio subraya que más de una cuarta parte de los años de vida saludable perdidos por cáncer de mama podrían evitarse con cambios en el estilo de vida. Los principales factores de riesgo modificables identificados son:
- Consumo de carne roja: responsable del 11% de todos los años saludables perdidos.
- Tabaco (incluido el humo ajeno): 8%.
- Niveles elevados de azúcar en sangre: 6%.
- Alto índice de masa corporal: 4%.
- Consumo excesivo de alcohol: 2%.
- Sedentarismo: 2%.
La brecha generacional
Otro dato relevante del informe es el cambio en los patrones por edad. En 2023, se diagnosticaron tres veces más casos nuevos en mujeres de 55 años que en mujeres de 20 a 54 años. Sin embargo, las tasas en la franja de 20 a 54 años han aumentado un 29% desde 1990, mientras que en las mujeres mayores apenas han variado. Este fenómeno podría reflejar cambios en los factores de riesgo entre mujeres pre y posmenopáusicas.
Un llamado a la equidad
La autora principal del estudio, Kayleigh Bhangdia, del Instituto de Métrica y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, fue tajante: "El cáncer de mama sigue cobrándose un precio profundo en las vidas de las mujeres y en las comunidades". La investigadora advierte que la creciente carga de la enfermedad se está desplazando hacia los países de ingresos medios y bajos, "donde los diagnósticos en etapas más avanzadas, un acceso más limitado a una atención de calidad y tasas de mortalidad más elevadas amenazan con eclipsar el progreso en la salud de las mujeres".
Los autores concluyen que, con un acceso equitativo a la atención en entornos de bajos recursos, inversión en terapias innovadoras y una fuerte voluntad política, se podría garantizar que todas las mujeres tengan las mismas posibilidades de superar la enfermedad. La ciencia ya ha demostrado que es posible reducir la mortalidad. Ahora el desafío es extender ese progreso a quienes más lo necesitan.