A pesar de ser el mayor productor de petróleo del mundo, Estados Unidos no escapa a las turbulencias del mercado energético global. El cierre del estrecho de Ormuz ha disparado los precios en las gasolineras, encendiendo las alarmas políticas y económicas a menos de ocho meses de las elecciones de medio mandato.
WASHINGTON.- Durante años, la narrativa oficial de la administración Trump ha sido la de la autosuficiencia energética. Estados Unidos, el mayor productor de petróleo del planeta, parecía blindado ante las crisis internacionales. Pero la guerra en Irán ha demostrado que ni siquiera un gigante energético es inmune a las leyes del mercado global.
El precio promedio de la gasolina regular en el país ha superado los 4 dólares por galón en las últimas semanas, un incremento de más de 1,25 dólares desde el inicio del conflicto a finales de febrero, según datos de la Asociación Estadounidense del Automóvil (AAA). En estados como California, Nevada o Washington, los precios ya rozan los 5,50 dólares, niveles que no se veían desde el pico inflacionario de 2022.
Un golpe al bolsillo en año electoral
La escalada golpea directamente a los consumidores estadounidenses, que ya arrastraban un alto costo de vida tras años de inflación. "Llenar el tanque de mi camioneta me cuesta casi 30 dólares más que hace un mes", explicaba a EFE Michael Henderson, conductor de reparto en Miami. "Eso al final se traduce en menos dinero para la compra o para pagar las cuentas".
El impacto es particularmente sensible en un año electoral. Los demócratas, que esperan recuperar terreno en las elecciones de medio mandato de noviembre, han comenzado a utilizar el alza de los combustibles como un arma política contra la administración republicana. "El presidente Trump nos prometió gasolina barata y lo único que ha hecho es meternos en una guerra que dispara los precios", declaró el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer.
La Casa Blanca entre la geopolítica y la economía doméstica
El propio Donald Trump reconoció el viernes pasado que la guerra tiene costos para los estadounidenses, aunque minimizó su impacto y culpó a factores externos. "Estamos pagando menos que Europa y mucho menos que otros lugares. Esto es temporal y cuando ganemos, los precios bajarán", afirmó en una conferencia de prensa.
Pero los analistas advierten que el conflicto no muestra signos de resolverse a corto plazo. El cierre del estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial, ha creado una interrupción en la cadena de suministro que las reservas estratégicas no han logrado compensar del todo.
"Aunque Estados Unidos es hoy un exportador neto de energía, sigue siendo un importador de crudo pesado para sus refinerías en la Costa del Golfo. El mercado del petróleo es global y ningún país, ni siquiera el mayor productor, puede aislarse de un shock de oferta de esta magnitud", explica Sarah Emerson, presidenta de Energy Security Analysis Inc.
Impacto en el transporte y el comercio
Más allá del bolsillo de los consumidores, el alza del combustible está comenzando a afectar a sectores clave de la economía estadounidense. Las aerolíneas han advertido que podrían verse obligadas a trasladar los mayores costos a las tarifas aéreas. Las empresas de logística y transporte de carga ya han aplicado recargos por combustible que se reflejan en el precio final de los productos.
La Reserva Federal observa con atención la evolución de los precios energéticos. Cualquier repunte sostenido de la inflación podría complicar sus planes de política monetaria y retrasar las esperadas bajadas de tipos de interés.
Mientras tanto, en las gasolineras de todo el país, los carteles digitales siguen subiendo. Y con ellos, la paciencia de los consumidores estadounidenses, atrapados entre la geopolítica global y las preocupaciones más cotidianas.