Salud

Respirar aire contaminado durante años podría aumentar el riesgo de Alzheimer

IMG 0372

La contaminación atmosférica no solo daña los pulmones o el corazón; también podría estar silenciosamente erosionando nuestro cerebro. Un estudio masivo realizado por la Universidad de Emory en Estados Unidos, publicado en la revista PLOS Medicine, ha analizado datos de más de 27 millones de personas mayores de 65 años durante casi dos décadas (2000-2018) y ha llegado a una conclusión contundente: la exposición prolongada a partículas finas (PM₂.₅) se asocia directamente con un mayor riesgo de desarrollar Alzheimer.

El hallazgo clave: daño directo, no solo indirecto
Hasta ahora, se sabía que la contaminación del aire estaba relacionada con enfermedades crónicas como la hipertensión, el ictus o la depresión, que a su vez son factores de riesgo para la demencia. La pregunta era si la polución actuaba a través de estas patologías o si tenía un efecto directo sobre el cerebro.

El estudio de Emory inclina la balanza hacia la segunda opción. Los investigadores compararon los niveles de exposición a partículas finas según el lugar de residencia de los participantes y el desarrollo de Alzheimer en cerca de 3 millones de personas que desarrollaron la enfermedad durante el período analizado.

"Nuestros resultados sugieren que la contaminación del aire afecta al cerebro de forma directa, y no tanto a través de otras enfermedades crónicas" , señalan los autores.

El factor ictus: una vulnerabilidad añadida
La relación entre contaminación y Alzheimer fue especialmente acusada en personas que habían sufrido un ictus con anterioridad. Este hallazgo abre una nueva vía de investigación sobre la intersección entre los factores de riesgo ambientales y vasculares.

"Las personas con antecedentes de ictus pueden ser especialmente vulnerables a los efectos nocivos de la contaminación del aire sobre la salud cerebral" , explican los investigadores.

¿Qué son las partículas finas y de dónde vienen?
Las PM₂.₅ son partículas diminutas (2.5 micras o menos de diámetro) que pueden penetrar profundamente en los pulmones y atravesar la barrera sanguínea. Sus fuentes más comunes incluyen:

  • Emisiones de vehículos.
  • Centrales eléctricas y actividad industrial.
  • Incendios forestales.
  • Quema doméstica de leña o combustibles fósiles.

Las limitaciones del estudio
Como todo trabajo científico, el estudio presenta algunas limitaciones:

  • Los niveles de contaminación se midieron por código postal, no por dirección individual.
  • Solo se tuvieron en cuenta niveles exteriores, sin considerar fuentes internas como cocinas o calefacciones.

A pesar de estas salvedades, los expertos externos consideran que los resultados son sólidos y coherentes con la evidencia acumulada.

La voz de los expertos
Mark Dallas, de la Universidad de Reading (no participó en el estudio), afirmó:

"Dado que la investigación se basa en estimaciones generales de contaminación y en historiales médicos, existen importantes limitaciones, pero los resultados son coherentes con la creciente evidencia de que la contaminación atmosférica es un factor de riesgo modificable de demencia" .

Sheona Scales, directora de investigación de Alzheimer’s Research UK, añadió:

"Las implicaciones de este estudio realizado en Estados Unidos son globales. La contaminación del aire es un desafío que debemos abordar conjuntamente. Establecer objetivos de calidad del aire más estrictos basados en la salud y reducir la exposición ayudaría a proteger tanto el cerebro como los pulmones y podría disminuir el riesgo global de demencia" .

Un problema global con soluciones locales
La Organización Mundial de la Salud (OMS) estableció en 2021 unas directrices globales sobre calidad del aire, y su hoja de ruta para 2025 fija como meta reducir en un 50% la mortalidad atribuible a la contaminación atmosférica para 2040 (respecto a los niveles de 2015).

Sin embargo, muchos países tendrán dificultades para alcanzar estos objetivos en los plazos previstos. La contaminación sigue siendo una amenaza creciente, especialmente en regiones urbanas e industrializadas.

El Alzheimer, una epidemia silenciosa
Más de 55 millones de personas viven con demencia en el mundo, y la enfermedad de Alzheimer representa hasta el 70% de los casos, según la OMS. En Europa, se estima que 12,1 millones de personas padecían demencia en 2025, con una afectación desproporcionada de las mujeres (66% de los casos).

Con el envejecimiento de la población, estas cifras no harán sino aumentar. Por eso, identificar factores de riesgo modificables como la contaminación atmosférica es crucial para diseñar estrategias de prevención efectivas.

Conclusión: el aire que respiramos, el cerebro que envejece
El estudio de la Universidad de Emory refuerza una idea tan sencilla como poderosa: el aire que respiramos durante años puede influir en cómo envejece nuestro cerebro. Reducir la contaminación no es solo una cuestión medioambiental o respiratoria; es también una medida de salud pública para proteger nuestras neuronas.

Mientras las grandes potencias debaten sobre límites de emisiones y acuerdos internacionales, la evidencia científica sigue acumulándose. Y con ella, una certeza: cuanto antes respiremos un aire más limpio, antes empezaremos a proteger también nuestra memoria.