Hoy, en el Día Internacional de las Personas con Discapacidad, quiero expresar una inconformidad que muchas madres, cuidadoras y familias viven en silencio: la forma desigual, selectiva y profundamente superficial con la que se trata la discapacidad cuando no proviene de “hijos de”, cuando no hay un apellido influyente detrás, cuando no hay una figura pública gestionando favores, ni un influencer creando contenido para monetizar la condición de otro.
Me refiero a los olvidados.
A los que no salen en campañas, a los que no tienen voz ni voto, a los que no aparecen en fotos institucionales, a los niños y adultos que no son convertidos en trofeos ni utilizados como estandarte para mover agendas políticas o promocionar perfiles personales.
Porque, ¿acaso tenemos que convertir a nuestros hijos en vitrinas para que sean vistos?
No.
La inclusión real no se mendiga ni se negocia; se garantiza.
La inclusión debe ser para todos, no solo para los visibles
Cuando hablamos de inclusión, hablamos de igualdad de oportunidades, dignidad y respeto. No de exhibir casos particulares para sacar beneficios. No de disfrazar solidaridad para escalar posiciones. No de presumir ayudas como si fueran actos heroicos cuando, en realidad, son derechos humanos básicos.
La verdadera inclusión no conoce color, apellido ni conveniencia.
No se mofa del que vive con una condición ni utiliza su realidad como pretexto para generar contenido con fines personales.
La discapacidad no es una moda pasajera, ni un discurso que se desempolva una vez al año.
Lo que no se ve: el peso silencioso que llevan las familias
Quienes tenemos un pariente con una condición sabemos que la vida real no cabe en un post. Lo que no mostramos es lo que más pesa:
• Las noches en vela.
• Las terapias interminables.
• Los trámites que desgastan.
• La ansiedad ante el futuro.
• El costo emocional y económico que jamás será tendencia.
No hacemos contenido con nuestras penurias porque elegimos enfocarnos en el lado positivo, en la resiliencia y en levantar la voz desde donde podemos: el hogar, la comunidad, los micrófonos, los espacios donde trabajamos.
Eso también es inclusión: dignificar sin exhibir.
El mundo habla con cifras: la realidad global de la discapacidad
Para entender lo que está en juego, basta mirar los números:
• 1 de cada 6 personas en el mundo vive con una discapacidad —unas 1.300 millones, según la Organización Mundial de la Salud (OMS).
• Aproximadamente el 80% vive en países de ingresos bajos y medios, donde el acceso a terapias, educación especial, dispositivos y servicios es limitado.
• Las personas con discapacidad tienen el doble de probabilidades de recibir atención médica deficiente y tres veces más riesgo de experimentar abusos, según datos del Banco Mundial.
• En educación, solo el 10% de los niños con discapacidad en países en desarrollo accede a la escuela.
• En el ámbito laboral, la brecha es brutal: la OIT indica que la tasa de empleo de personas con discapacidad es 30 a 50 puntos menor que la de la población general.
• Globalmente, se estima que las familias destinan hasta el 40% de sus ingresos a cubrir necesidades asociadas a la discapacidad.
Esto no es discurso.
Esto es realidad.
Una realidad que no mejora con campañas vacías ni fotos bonitas.
Que la discapacidad no dependa de quién la comunica
La agenda de derechos no puede depender de quién tiene más visibilidad, quién maneja un medio o quién busca protagonismo. La discapacidad debe ser defendida con seriedad, con políticas públicas reales, con inversión, con coherencia y, sobre todo, con respeto.
No usen la condición de otros para construir figuras políticas.
No romantizar el sacrificio ajeno.
No reducir la vida de una persona a un hashtag o a un gesto para la cámara.
La discapacidad es una vivencia diaria, profunda y compleja. No un accesorio de campaña.
Al final, lo que queremos es lo básico: respeto, igualdad y empatía
Así de simple.
Queremos lo mismo que cualquier familia: que nuestros hijos y parientes sean vistos por lo que son, no por lo que representan en una foto.
Que se les respete sin convertirlos en vitrina.
Que se construyan políticas inclusivas sin buscar fama.
Que se entienda que detrás de cada persona con una condición hay una familia que lucha en silencio, aprende, se desgasta, ama y vuelve a empezar.
La discapacidad no es un tema para montarse.
Es una responsabilidad moral, social e institucional que no se puede seguir manejando con superficialidad.
Hoy, y todos los días, alzo la voz por los que nadie menciona, por los que no tienen padrinos, por los que no aparecen en campañas, por los que merecen ser incluidos sin condiciones.
Porque la inclusión es para todos.
Y punto.