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El 'Frankenstein' de Guillermo del Toro: la culminación de una obsesión

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Guillermo del Toro ha convertido su obsesión infantil por Frankenstein en un acto de redención cinematográfica. Su adaptación de la novela de Mary Shelley —estrenada este octubre en cines seleccionados antes de llegar a Netflix— no es solo otra versión del mito, sino la culminación de treinta años de explorar monstruos humanizados y creadores atormentados, cerrando el círculo que abrió a los siete años cuando descubrió a Boris Karloff en la pantalla y "encontró a su mesías".

La cinta, ambientada en 1857 en el Ártico, divide su narrativa entre las perspectivas del doctor Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) —un científico obsesionado con vencer la muerte— y su Criatura (Jacob Elordi), a quien Del Toro dota de voz y alma para subvertir la tradición cinematográfica que lo reducía a un ser gruñente. El director mexicano invierte así la ecuación: los humanos albergan monstruosidad, mientras el monstruo encarna la vulnerabilidad de quien es rechazado por su propia existencia.

Con una puesta en escena operística y decorados que invitan a la inmersión —desde un laboratorio en una planta abandonada hasta referencias visuales a su filmografía—, Del Toro explora el peso de la paternidad negligente y el deseo de conexión en una tragedia miltoniana sobre la vida "bendecida y maldecida". Aunque la estructura —originalmente planeada como dos películas— resulte desigual en su versión final, el resultado mantiene intacto el corazón palpitante del relato: la pregunta sobre qué nos hace humanos.

El filme celebra así el triunfo de una obsesión artística sobre los riesgos de los proyectos pasionales. El niño que encontró su religión en Frankenstein puede sentirse redimido: Del Toro no fue vencido por su monstruo, sino que lo domó para crear un espejo donde la humanidad confronta su propia crueldad.